Rafael Dávila Álvarez
El autor de Europa
Lo sucedido esta semana con el viaje frustrado del presidente taiwanés, Lai Ching-te, al Reino de Eswatini merece una reacción indignada y el replanteamiento geopolítico de la relación con el régimen de Xi Jinping. Los gobiernos de Seychelles, Mauricio y Madagascar revocaron o negaron permisos de sobrevuelo al avión presidencial taiwanés por la presión feroz de la República Popular China. Es la primera vez que un presidente taiwanés se ve forzado a suspender un desplazamiento por un bloqueo así. Ha sido un acto de piratería ejercido por una dictadura atroz contra una democracia plena. Beijing ha querido dejar claro que pretende decidir no sólo quién reconoce a la isla, sino incluso por dónde puede volar su presidente. Esa es la China de Xi, que tiraniza a su población y exporta el miedo a otros países. Es la China que ha vaciado de contenido las libertades prometidas a Hong Kong y heredadas de Londres. Es la que en Xinjiang comete el genocidio de millones de uigures. Es la que lleva décadas de ocupación y culturicidio en Tíbet;. Es la que acaba de aprobar nuevas políticas etnocéntricas contra lenguas y minorías. Pero es también la que, además de amenazar todos los días a Taiwán, busca amedrentar a países como Filipinas mientras da rienda suelta a un insidioso expansionismo. Es la que ampara dictaduras siniestras como Irán o Corea del Norte mientras compra estratégicamente la deuda de África y las infraestructuras europeas, del puerto de Atenas a la electricidad portuguesa o los coches Volvo.
Frente a esta maquinaria de terror e imperialismo, conviene recordar qué es Taiwán. Es un país como los mejores de Occidente. Es una democracia vibrante, pluralista y próspera, con extraordinaria estabilidad institucional, con una economía avanzada y una capacidad tecnológica decisiva para el mundo libre. Es una sociedad civilizada que ha demostrado que la cultura ancestral china no conduce al despotismo. Y su presidente, Lai Ching-te, cuyo partido pertenece a la la Internacional Liberal, representa precisamente esa combinación de libertad política, dinamismo económico y afirmación democrática que Beijing detesta.
El episodio de Eswatini demuestra, con una claridad brutal, que la China comunista no es un actor normal en el concierto internacional
Por eso resulta aún más inquietante el rumbo de España. La UE endurece su cautela frente a China pero Pedro Sánchez ha querido singularizarse con un acercamiento político impropio, indigno, indecente. España se ha convertido en la puerta de acceso de la tiranía china a Europa y se permite tratarla de “aliado estratégico”. Sánchez llegó a pedir hace unos días, en Beijing, vínculos más estrechos entre la UE y el régimen de Xi. Caído políticamente el húngaro Orbán, Sánchez parece el nuevo “hombre de Xi” en Europa. Qué absoluta vergüenza. Mientras Bruselas denuncia el efecto distorsionador del exceso de producción chino, España se abre con entusiasmo a una penetración creciente de fabricantes chinos en sectores sensibles, como el automóvil. No debemos olvidar que no es libre mercado sino pseudocapitalismo de Estado, dirigido. En el ámbito tecnológico las dudas son todavía más graves, como vimos en 2025 con el contrato público con Telefónica, contaminado por el uso de equipos Huawei en materias de alto secreto, lo que provocó un merecido tirón de orejas a Sánchez desde la Comisión.
El episodio de Eswatini demuestra, con una claridad brutal, que la China comunista no es un actor normal en el concierto internacional. Es una potencia coercitiva que castiga, chantajea y humilla. Acercarse a Beijing en nombre del pragmatismo no es realista: es ceguera o traición. España debe dar marcha atrás en su aproximación excesiva al régimen totalitario y volver a una posición plenamente alineada con la prudencia estratégica de la UE. Más aún: debería situarse, junto a checos y lituanos, en la vanguardia de una política europea más favorable a Taiwán, elevando el rango y la ambición de nuestras representaciones en la isla democrática y viceversa. Además, el ministro Albares debería convocar al embajador chino para formularle una protesta muy enérgica por lo ocurrido esta semana, dejando claro que España afirma el derecho de las autoridades taiwanesas a realizar las visitas oficiales que estimen oportunas. E, incluso si aún no se pueden restablecer relaciones diplomáticas normales con Taipéi, sí debemos defender con mucha mayor determinación la presencia taiwanesa en los numerosos organismos internacionales donde su exclusión, carente de toda justificación moral, resulta perjudicial no sólo para los propios taiwaneses sino también para el resto del mundo.
España debe apostar por el mantenimiento del statu quo en el Estrecho de Taiwán, pero sin perder de vista el horizonte justo e irrenunciable: que una democracia de veintitrés millones de personas pueda decidir libremente su destino. Quien ve en Taiwán un problema “chino” ha aceptado ya el marco mental del opresor, del tirano. Taiwán no es una anomalía que haya que gestionar, sino una sociedad libre y aliada que comparte nuestros valores y merece ser defendida. Y lo ocurrido esta semana prueba, una vez más, que con la China comunista no cabe complacencia sino solamente firmeza.
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