Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Casi pasadas aquellas nieves y fríos del invierno, fue acercándose la primavera y no lo hizo de golpe. Dicen los labradores que las mañanas son aún heladas y cuando menos se espera acuchillan de tal manera, que el nuevo sol es el verdadero abrigo de los pobres.
Recibir a su padrino, se había convertido en una pequeña fiesta de la que gozaron muchos de sus vecinos. Y no es que allí se ofreciesen grandes cosas, aparte del cariño, sino lo habitual: rosquillas de ajonjolí, quina Santa Catalina, almendras garrapiñadas, una copita de anís La Asturiana… en fin esas menudencias con las que los partícipes se sienten en la sana obligación de cantar coplas, cantigas, canciones cuyo ritmo marca un repiqueteo de dedos sobre, supongamos, una paellera o el cristal de la ventana.
A mitad de la fiesta y desde la cocina, se hicieron audibles los golpes de una aldaba, una mano ferruginosa, que alguien manejaba con fiereza, o eso parecía por el gran ruido que transmitía la vieja puerta que arrastraba.
Cuando se está a la espera de alguien tan querido, el corazón enloquece un poco y andando, a su manera, engrosa el cuello y dispara sobre las mejillas un rubicundo aspecto. Así le pasó hasta que de un empellón abrió la puerta.
Dicen los labradores que las mañanas son aún heladas y cuando menos se esperan acuchillan de tal manera, que el nuevo sol es el verdadero abrigo de los pobres
¡Oh! -gritó el joven padre mientras los ojos le crecieron como dos panes-. Efectivamente, como habréis supuesto no era aquel a quien esperaban. Un hombre no muy viejo y de mortecino aspecto. Su rostro más bien ajado y macilento le hizo suponer que podía ser o haber sido un marinero, acostumbrado a que en su cara golpeasen el agua salada y los furibundos vientos.
Explicó con palabras entrecortadas y con un ritmo propio de otra fabla, que aquello que traía en el saquito que llevaba sobre el hombro, era un regalo para el chico recién nacido. Que, al abrirlo, de alguna forma, se haría presente el ansiado tío.
Agradeció el hombre que le hiciesen entrar, ya que la humedad se le había subido a los hombros y el cierzo parecía una vieja alcahueta que le mordía la oreja. El padre del chico, abatido y perplejo le preguntó, cómo no, por su hermano. Su excitación le hacía levantar la voz. Esa sonoridad auditiva era más relevante porque el enviado, en cambio, hablaba sotto voce.
Explicó cómo, al atravesar los mares de Asia, con aquel barco minúsculo, habían sido asaltados por unos indígenas de piel aceitosa que se acercaron en sus barcazas hechas de cañas y una badana blanquecina que los marinos sospechaban pellejos humanos. Algunos lograron salvarse, lanzándose al mar como locos, pero la mayor parte perecieron a manos de aquellos salvajes de dientes grandes.
Le pareció al padre del niño, que esa era, también, la dentadura del visitante. Asustado se armó con una estaca, pero el viajero dejó en el suelo el saco y, de repente, desapareció en el aire.
Abrieron, nerviosos y horrorizados, el extraño fardo. Dentro, un tambor hecho a mano, con los parches, también, de piel pálida.
Si golpeaba el niño con la mano la membrana, se producía un sonido de agua. Como un tifón que luchaba contra la mar embravecida y nada calma. Recelado, el padre… atravesó el tambor con la navaja.
Se escuchó un grito lejano. Y rezaron las mujerucas de faldas negras y largas.
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