Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
CAMPO DO DESAFÍO
Soy, lo reconozco, un hijo de la doctrina social de la iglesia y de la socialdemocracia; dos ejes teóricos que, en mi juventud, ayudaban a organizar el mundo y a dotarlo de una modesta digna trascendencia. Al menos en el pacto implícito entre empresarios y trabajadores y entre las generaciones mismas: una idea de mutuo reconocimiento y cooperación. Hoy todo esto es casi arqueología, un modelo de compromisos cruzados que no goza del prestigio de las tendencias actuales, en la empresa y en la sociedad.
El paso de una economía productiva, con sólida base industrial y estrechas relaciones humanas, a otra de servicios, financieros, tecnológicos y de mero consumo, ha transformado la relación entre el empresario y el trabajador, y entre estos mismos, rompiendo un entramado preexistente de mutuas confianzas y expectativas compartidas.
El empresario de la era industrial está a punto de desaparecer en occidente. La unidad de capital y trabajo que encarnaba, ha saltado por los aires en la misma medida que los mercados se han hecho globales. Los fondos de inversión, los de pensiones, los fondos soberanos, acumulan capitales que se incrementan a cada instante con la apremiante necesidad de reinvertirse en el tejido empresarial y producir réditos para sus partícipes. Ellos, los fondos, son quienes, a través de profesionales interpuestos, administran hoy las empresas, en aplicación de estrategias agresivas y cortoplacistas, con una mentalidad desligada de los territorios, reticente con los derechos laborales y ajena a cualquier fórmula de participación del trabajador en la gestión empresarial misma.
El paso de una economía productiva, con sólida base industrial y estrechas relaciones humanas, a otra de servicios, financieros, tecnológicos y de mero consumo, ha transformado la relación entre el empresario y el trabajador.
Esta ausencia de compromiso del empleador con sus trabajadores y entorno ha producido, en correspondencia, el desligamiento del asalariado con la misión de la empresa. El empleado se limita a cumplir con las horas convenidas y, a cambio de ello, cobrar la retribución acordada. Cada poco tiempo, seis meses, un par de años, el trabajador busca nuevas ofertas laborales que mejoren su recompensa económica. Un constante cambio de empleos donde no se busca tanto la identidad con un objetivo compartido como mejorar, siquiera mínimamente, la retribución que permita afrontar el pago de facturas. Los sindicatos, víctimas de la financiarización y globalización de la economía, se han recluido en el sector público, donde todavía es posible la estabilidad laboral e identificar, como contraparte, a un director general, un conselleiro o un ministro. Fuera de este ámbito protegido, el sindicalismo no da cobertura a los trabajadores, a los autónomos y a los jóvenes, además de perder la pista del nuevo capitalismo anónimo y transnacional.
La doctrina social de la iglesia y la socialdemocracia, ambas desde el siglo XIX, defendían la inviolable dignidad humana y advertían sobre el Estado intervencionista y el liberalismo económico excesivos. Ambas teorías sociales me siguen pareciendo de plena vigencia y necesidad.
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