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La Semana Verde de Galicia, la feria que tanto le debe a José Maril Sánchez, su creador, vuelve a convertir Silleda en la capital económica y social del mundo rural. La edición de este año, inaugurada por el presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, abrió sus puertas con la mayor participación de expositores de los últimos diecinueve años, un dato que invita al optimismo. La imagen que proyecta la feria es la de un sector dinámico, tecnológicamente avanzado y cada vez más abierto al exterior. La maquinaria agrícola de última generación convive con la genética ganadera, la innovación alimentaria, la digitalización y las oportunidades de negocio internacionales.
A primera vista, la fotografía parece confirmar el mensaje institucional: Galicia dispone de un sector primario moderno, competitivo y con capacidad para seguir creciendo. Pero basta con alejarse unos metros de los pabellones feriales y recorrer el territorio para descubrir que la realidad es más compleja. La gran pregunta no es si el campo gallego produce bien. La cuestión es quién seguirá produciendo dentro de una o dos décadas. Ese es el principal reto estratégico de Galicia.
Durante décadas, el sector agrario gallego vivió una transformación profunda. Miles de pequeñas explotaciones familiares desaparecieron o se integraron en estructuras mayores. La mecanización, la profesionalización y la especialización permitieron aumentar la productividad, mientras disminuía el número de trabajadores. El resultado es un sector más eficiente, pero mucho más reducido en términos humanos.
Silleda exhibe innovación, exportaciones y músculo empresarial, pero tras los récords de participación persisten grandes desafíos
Hoy la mano de obra agraria gallega ronda las 50.000 personas, una cifra muy inferior a la que existía hace apenas unas décadas. Más preocupante aún es la edad de quienes siguen al frente de las explotaciones. Los datos del Censo Agrario muestran una realidad difícil de ignorar: casi la mitad de los responsables de explotaciones tienen más de 65 años y otro importante porcentaje supera los 55. En conjunto, más del 70% de los titulares están próximos a la jubilación o ya han alcanzado esa edad.
Siguiendo la estela de los académicos Edelmiro López Iglesias y Francisco Ónega podría concluirse que buena parte del campo gallego está sostenido por personas que llevan toda una vida trabajando la tierra, pero cuyos hijos o nietos no siempre están dispuestos a continuar la actividad.
La imagen tradicional de la sucesión familiar, tan arraigada en la cultura rural, ya no basta para garantizar la continuidad del sector. Muchos jóvenes optaron por otros caminos profesionales. Otros abandonaron las aldeas para estudiar o trabajar en las ciudades. Y quienes desean incorporarse a la agricultura se encuentran con obstáculos: acceso restrictivo a la tierra, inversión inicial elevada, burocracia, dificultades para tener vivienda y servicios, y una rentabilidad que no siempre compensa.
Tampoco se trata de presentar un panorama pesimista. El campo gallego conserva grandes fortalezas. Galicia sigue siendo una potencia láctea dentro de España, cuenta con producciones ganaderas competitivas, dispone de denominaciones de origen reconocidas internacionalmente y posee un enorme potencial en agricultura ecológica, transformación alimentaria y gestión forestal.
La Semana Verde de Galicia siempre ha sido un buen escaparate y ahora también lo es de un campo que busca relevo para sobrevivir.
@J_L_Gomez
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