Manuel Baltar
Senadofobia
EL ÁLAMO
De mayores, el itinerario sentimental lo trazamos entre bares. De niños, sobre todo, entre los pequeños comercios que nos vieron crecer. Estaba la tienda de ultramarinos, la mercería, y la carnicería donde, en la espera, la señora me obsequiaba con unas finísimas lonchas del mejor jamón. Estaba la tienda de lámparas, donde comprábamos bombillas y cualquier artilugio que pudiera enchufarse a la corriente. La deliciosa pastelería de los alemanes, la floristería que, con sus flores cruzadas en la acera, perfumaba la calle y la llenaba de alegrías, y la droguería, un oasis de modernismo ochentero. La farmacia del siglo XIX, las frutas y verduras sin la obsesión estética de hoy, lencería y pijamas tras la esquina de la plaza, zapaterías como bazares desordenados con aroma a cuero y pegamento industrial, y la librería de las mil novedades, en los tiempos en que leer en papel no era un gesto de rebeldía. Guardo en la memoria los lugares, los rincones, los dueños y dependientes, y hasta el olor de cada una de las pequeñas tiendas que acompañaron mis primeros años.
Aquellos hombres y mujeres levantaban la reja cada mañana e inauguraban la vida de la calle, en cada rincón, en cada barrio. No eran dependientes anónimos en anónimas cadenas, sino amigos y vecinos, con nombre y apodo, a menudo con oficios aprendidos por sus propios medios, y negocios heredados entre generaciones. Ellos también nos vieron crecer y partir, y fueron testigos de cómo se pasaba de abuelos a nietos el testigo del arte de hacer la compra, acudiendo a cada tienda precisa para cada artículo, como habíamos visto hacer a nuestros mayores, cuando la urgencia no era el motor de los días.
A finales de los 90, como ocurrió con muchos bares, fueron desapareciendo estos pequeños comercios tradicionales, a menudo también artesanales, y su lugar lo ocuparon tiendas de teléfonos móviles, despachos de alquiler de fincas, o pequeños supermercados 24 horas. Sobrevivieron como héroes algunos bazares de ayer, aún regentados por las familias de siempre, pero todos fuimos –casi sin decidirlo- dirigiendo nuestros pasos hacia grandes superficies que crecieron como setas, con unos precios y una variedad de ofertas con los que sencillamente, ni Paca, ni Tomás, ni Carmiña, podían competir.
En algunas calles sobreviven viejas tiendas de ultramarinos, incluso algunas se han resistido a convertirse en escaparates de lujo gourmet, fruterías que aún no pulen las frutas antes de colocarlas en los moldes brillantes del escaparate, y carnicerías donde todavía un crío puede llevarse gratis cuarto y mitad, porque el tendero sabe que al caer la tarde, o mañana, vendrá la madre a pagar la deuda.
De un tiempo a esta parte, con los barrios atestados de multinacionales, grandes cadenas, y comercios extranjeros de bajo precio y deplorable calidad, crecen las iniciativas que pretenden incentivar el comercio local, el comercio de toda la vida, que a su vez suele ser el gran proyecto de vida de algún vecino nada desconocido, que nos es tan familiar que casi podríamos sentarlo a la mesa por Navidad.
En muchos pueblos de Galicia funcionan con sorprendente éxito las promociones que promueven estos comercios, los juegos y las rifas, o los concursos en que acumulas puntos por cada compra, que más tarde pueden canjearse en cualquiera de las tiendas participantes. Por extraño que parezca, estas iniciativas hacen las delicias de los veraneantes, a menudo más que de los locales, pero ayudan a la supervivencia de un tipo de comercio que es también el pulso, el alma, de nuestros barrios y ciudades.
Leo en La Región el tour que ha acercado estos días a estudiantes a los pequeños comercios orensanos, a su presente y a su pasado, y aunque no sé si la melancolía es un arma eficaz en edades tan tempranas, sí parece esperanzador el empeño público y privado por admitir que nuestra identidad está también ahí. En las tiendas con nombre y apellidos. En los productos de la tierra. En todo lo que estaba bien en el mundo que nos legaron nuestros mayores, cuando todavía podíamos reconocer y reconocernos en las calles que nos vieron crecer.
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