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Era una máxima…En trampitán; pero, no por ello, menos veraz: “Si cesase la ambición, - decía Juan de la Coba- cesaban inmensos males…”. El idioma artificial, creado por el ourensano, veía la luz, aquí, en la ciudad de As Burgas, en un tiempo, en el que “todo el mundo” sobrestimaba el propio talento artístico. Vicente Risco y Cándido Fernández Mazas contabilizaban, como si de un “censo” se tratase, la friolera de 158 poetas. Bien es cierto que, a continuación, ambos concluían que ésta era tan buena tierra que lo mismo daba rosas que hongos.
El ser humano, a menudo, fue un soñador, un creador, un ilusionista…Y más aún, tras el renacimiento de visiones filosóficas que, antaño, habían quedado encorsetadas. Gregorio de Nisa ya, en el siglo IV, rompía con el relato bíblico de que para frenar el exceso ambición del hombre Dios había confundido sus lenguas. Nada más lejos de la realidad. La diversidad de lenguas -según el doctor de la Iglesia- tenía que ver más con la dispersión humana. Y el despertar a este nuevo enfoque mental, en el último cuarto del siglo XIX, abría la puerta a la búsqueda de un idioma universal.
Pronto apareció, el volapuk, creado por el sacerdote germano, Johann Martin Schleyer, en 1879, tomando bases léxicas del inglés, del alemán y de otras lenguas romances, que precedió al esperanto de Zamenhof -oftalmólogo polaco-, que, en 1887, se apropiaba, por ser más fácil de aprender, incluso de los usuarios de su predecesor.
Entretanto, el ourensano Juan de la Coba concebía, también, para uso particular el “trampitán”. A diferencia de los otros inventados, no publicó ni reglas, ni siquiera un diccionario, pero sí dejó constancia de él, en múltiples obras, en especial, en “La Trampitana”. Con posterioridad, lo rememora Vicente Risco, cuando recoge, en un artículo para La Región, titulado “Del séquito de las musas extraviadas”, la célebre anécdota que acontece en el Ourense finisecular del XIX. Parece ser que, en uno de sus paseos, Valentín Lamas Carvajal se encontró con Juan de la Coba, y le hizo saber que el trampitán que había inventado no lo entendía tan solo él. Este personaje singular, atónito, ante semejante revelación, lo puso a prueba. Y el prestigioso intelectual, tras decir unos versos en trampitán, traducía: “Hojas del árbol caídas, juguetes del viento son…”
Es obvio que el trampitán suscitó cierta curiosidad. Tanto la prensa nacional, en general, como, en particular. Lamas Carvajal, Figueira Valverde -presenta en el Círculo Mercantil de Ourense, “Don Juan de la Coba y su lenguaje poético”-, o el propio Vicente Risco sintieron la necesidad de acercarse al mundo imaginado por el excéntrico ourensano.
Juan de la Coba, soltero, vivía con su hermana en una casa situada en la Huerta del Concejo -Plaza del Obispo Cesáreo-, en donde ejercía el oficio de perito agrimensor. Lo confirman la multitud de informes sobre tasaciones o medida de terrenos, realizados con gran diligencia, que hizo. Con todo, lo que más le apasionaba era la poesía. Tenía muchas obras escritas -Cuba es de España, La Toma de Amberes, Grito de la Ley, Ilusión de Amor…- y todas en verso.
Efectivamente, había encontrado en Ourense el ambiente propicio para desarrollar su capacidad inventiva. Por opiniones de quienes lo conocieron, recogidas inclusive en libros como “Del Orense antiguo (1830-1900)”, se dice que, siendo joven, en los bailes del Liceo ocupaba un puesto de honor. Y era allí, en donde representaba algunas de sus obras en las que, a través de sus dotes líricas, emitía consejos morales prácticos. Ni pasó desapercibido lo que hacía, ni cómo lo hacía. Para unos era un perfecto ejemplo de lo que decía Adler ya que su producción artística tanto en el contenido como en la forma no era sino un mecanismo de defensa utilizado para compensar su sentimiento de inferioridad; otros, sin embargo, eran más de la opinión de Freud, porque pensaban que respondía más a un mecanismo de sublimación, que ponía en funcionamiento la imaginación del “vate” ourensano. Lo incuestionable es que a nadie dejaba indiferente. Unos lo miraban con benevolencia; otros con ironía…; incluso hubo quienes, aprovechándose de sus delirios o de su ingenuidad, se inventaron, en A Coruña, La Academia de los Arcades Galianos, para hacerlo socio honorario y concederle un primer premio ficticio. Era tal su estado de ensimismamiento que cualquier atisbo de crítica la achacaba a la envidia que suscitaba entre sus detractores. Estos ni soportaban que fuese uno de los mejores escritores dramáticos españoles, ni que tuviese émulos -Paco Roque o Benito Mateos- que legitimasen su estatus literario.
En cualquier caso, poco antes de morir su trayectoria no pasó desapercibida. El diario de Galicia informaba que tomando en consideración los méritos literarios de Juan de la Coba -autor de operetas, escultor y perito agrónomo-, el Ayuntamiento de Ourense había acordado concederle una pensión vitalicia a partir de 1898. La cobró, casi durante un año, antes de dejar -como él decía- otas nombe marafato, da chinfes y cariconfo…-este mundo borrascoso de guerras y asolación-.
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