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En la larga vida de José Mujica (1935-2025) ha estado siempre presente, como compañera y esposa, una gran mujer: Lucía Topolansky (1944). En ausencia de aquel hombre, capaz de sintetizar el tiempo que vivimos y las cosas que nos pasan con alguna fórmula maravillosa hecha de palabras infalibles, Topolansky ha adquirido ahora un relieve inesperado. Parece como que todos quisiéramos alargar el misterio de Pepe Mújica, en realidad, tratar de entenderlo, en su inmensa humanidad, en su visión desengañada y a la vez esperanzada, no solo de la política. Su viuda, su compañera durante más de medio siglo, es ahora objeto de atención. Pero no solo como intérprete de los arcanos de Mujica. Lucía Topolansky es, en sí misma, protagonista y testigo privilegiada de una utopía que habría de transformar la sociedad, de una actitud militante que, en su mejor versión y la de Uruguay lo es, ha devenido en la consolidación de democracias de cuño liberal.
Lucía y Pepe no tuvieron hijos; entregaron todas sus energías y todas sus ilusiones a la política, al progreso de la sociedad y a sacar adelante una humildísma granja en las afueras de Montevideo
Del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros al Movimiento de Participación Nacional, integrado en el Frente Amplio que gobierna hoy aquel país, Topolansky sigue cumpliendo sus labores militantes, de formación de los jóvenes y al tanto cotidiano de los acontecimientos: “uno tiene que arrancar el día teniendo una idea de lo que pasa”. Ha sido, durante más de veinte años, diputada, senadora y vicepresidenta del gobierno. Mujica la describió del siguiente modo: “es sistemática, como las abejas, como una gota de agua. Una laburanta (trabajadora) de esas infernales. No de esas que hacen un hecho histórico, sino de las que levantan paredes”.
De Lucía Topolansky se ocupan ahora el New York Times o la BBC. En su hablar pausado, en la firmeza de sus principios militantes, se percibe una voluntad inquebrantable y un saber y una conformidad con el lugar que ocupa en su país, en la organización política a la que pertenece y en relación con sus jóvenes compañeros. Sería inexacto e injusto, con Lucía, decir que ella estuvo en algún momento, todavía ahora, a la sombra de su compañero. “Pepe era el simpático, yo era el sargento” dice ella, sin atisbo de resquemor o ánimo de menoscabar la inmensa admiración y respeto que la figura de Mujica proyecta. Simplemente, un recordatorio del reparto de papeles, ninguno menos importante para el logro de los objetivos establecidos.
Lucía y Pepe no tuvieron hijos; entregaron todas sus energías y todas sus ilusiones a la política, al progreso de la sociedad y a sacar adelante una humildísma granja en las afueras de Montevideo. Una vocación altruista, absoluta, cuasi religiosa, que no creyeron hacerla posible a tiempo parcial. Nuestra vida era la política, dirá ella, a lo que Mujica contestaría: “yo me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo”.
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