Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
Las ceremonias que tuvieron lugar el pasado lunes en Washington para entronizar a Donald Trump, por segunda vez, en la Casa Blanca, tuvieron un gran relieve de espectáculo circense. Entre los corifeos del espectáculo estaban los multimillonarios mas deslumbrantes de la tierra a la par que los más poderosos e influyentes. De entre ellos, el que llamó más la atención por sus gestos y extravagancias fue el más rico de todos, Elon Musk. Antes de conocerlo como fan incondicional de Trump, solo sabíamos de su rara e inmensa fortuna y que usaba su plataforma X, antes Twitter como trampolín para difundir las ideas de la ultraderecha y contribuir con fuerza al crecimiento del oleaje del pensamiento reaccionario que se extiende como un veneno de odio por todo el mundo.
Ahora sabemos mucho más de él y de su futuro en la nueva Administración estadounidense. Va a convertirse en la mano derecha de Trump en la guerra ideológica que ya está en marcha y gestionar el poder como si fuera una empresa inhumana y, por supuesto, liberal. Y lo que resulta más preocupante es su militancia nazi, apoyando de una manera clara y rotunda al partido neonazi Alternativa por Alemania “AfD”. Pensábamos que después del período más negro en la historia de la humanidad, una ideología tan cruel y perversa quedaría sepultada para siempre en las cunetas malolientes de la historia. Lejos de la condición humana, ahora el hombre más rico de los que pisamos el planeta Tierra, resulta que apadrina su retorno. Repugnante.
El discurso de Trump al tomar posesión como 47 presidente de los Estados Unidos el pasado veinte de enero se movió sobre dos ruedas: la revancha y el odio. Habló como si con su llegada a la Casa Blanca empezara el mundo. Adanismo en estado puro. El mundo existía, pero de una manera más humana. Con los anuncios y la salva de decretos emblemáticos que ha firmado borra todos los residuos políticos del legado de Joe Biden y la manera de convivir entre las naciones desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para él solo existe América concebida desde el movimiento MAGA (Make America Great Agein) y para eso no importa que se pisen los derechos de los demás. La decadencia de América ha terminado, declaró con acento mesiánico. Hizo una descripción apocalíptica de la presidencia de Biden, en cambio describió un futuro brillante cargado de optimismo en su inmediato desempeño.
Montesquieu escribió que los padres de la Constitución americana situaban la virtud política como el fundamento básico de la democracia. Como contraste a esa visión tenemos que el hombre que a partir de ahora va a dirigir el país más poderoso de la tierra, ha construido su viaje existencial muy alejado de lo que dijo Montesquieu de los padres fundadores. Ha edificado su vida y su manera de vivir sobre la mentira, la violencia, la manipulación, el desprecio al derecho y a las instituciones, el chantaje, el yoísmo ególatra y el racismo. Un perfecto espejo para mirarse. Con este rosario de atributos, bien conocidos por el electorado, ganó las elecciones en el año 2016 y las perdió en el 2020. Ahora las ha vuelto a ganar de una forma arrolladora, convirtiéndose en el gran patrón del país.
Hace cuatro años no reconoció la pérdida de las elecciones y montó un violento asaltó al Congreso con perfume de golpe de estado. Ahora califica a los asaltantes de honrados patriotas y que lo hicieron por un acto de amor. Los asaltantes fueron condenados a distintas penas y Trump acaba de perdonar a 1.500 de ellos, los más intrépidos y salvajes.
"Nuestro poder pondrá fin a todas las guerras y aportará un nuevo espíritu a un mundo en cólera, violencia y totalmente imprevisible”
En sus discursos de las primeras horas recuerda más las palabras de un déspota que las de un demócrata, aunque conviene decir que su victoria se produjo dentro de las clásicas coordenadas de la democracia. Ha prometido que en su mandato establecería la era dorada de USA. Fue lo mismo que dijo Benito Mussolini en pleno fulgor del fascismo en Italia. La decadencia con la que definió la era Biden no concuerda con los datos económicos que hereda. Claro que él se mueve en un extraño metaverso mesiánico, lejos de la realidad que le rodea. Repite constantemente que Dios le salvó de morir en el atentado para que devolviera la grandeza a América. Considera que la victoria de ahora le da un poder casi absoluto, ya que se apoya en una mayoría absoluta en las dos cámaras y una corte suprema ampliamente favorable. Como referencia de la edad dorada que quiere traer ha citado un solo ejemplo, el de William Mckinley. Este presidente republicano gestionó una política imperialista y proteccionista, promotor de los desplazamientos de los amerindios y en ese período se amasaron grandes fortunas y se pusieron en marcha grandes empresas industriales, la corrupción se instaló en el paisaje político, el país fue escenario de grandes conflictos sociales y en el sur dominaba la segregación racial. Gran modelo para Trump este McKinley. Las grandes fortunas de entonces las personificaban los Rockefeller, De Carnegie y Edison, aunque conviene decir que aquellas fortunas no tienen nada que ver con las de ahora. Se calcula que Rockefeller, el hombre más rico de la época, tenía una fortuna valorada en 4 millones de dólares, nada que ver con el dinero que posee Elon Musk. Aunque ese dinero no debía concederle el privilegio de hacer el payaso y menos confesar y defender el nacismo.
Como Trump sostiene que Dios le ha librado de la muerte para salvar a los Estados Unidos, a continuación se agarra al relámpago del lirismo y dice: “ Como nuestra nación no hay otra igual en el mundo, tan llena de compasión., de coraje y de excepcionalismo. Nuestro poder pondrá fin a todas las guerras y aportará un nuevo espíritu a un mundo en cólera, violencia y totalmente imprevisible”.
A la vista de los decretos que acaba de firmar no parece que las cosas en su país y en el mundo vayan a ser como predice, más bien todo lo contrario. A través de los discursos y sobre todo de los decretos firmados conocemos como quiere que se, con el apoyo del coro que le acompañará en el Gobierno de multimillonarios que ha nombrado. Basará en la fuerza la proyección de su poder. Abandonará todo lo que huela a multilateralismo y lucha contra el cambio climático y por eso ha anunciado la salida de los acuerdos de Paris y también anunció su salida de la Organización Mundial de la Salud. Busca extender el neoimperialismo de los Estados Unidos retomando el control del Canal de Panamá, la absorción de Canadá, la compra forzosa de la isla de Groelandia y un confuso control sobre México. Todo esto quiere lograrlo por la negociación, pero sin descartar el uso de la fuerza. Con desprecio de todas las convenciones y normas internacionales. Busca ejercer un poder ejecutivo sin contrapesos y si hay que llevarse por delante la Constitución, se lleva.
Desde las primeras horas se ha centrado de manera especial en la expulsión de los emigrantes. Quiere llevar a cabo el mayor número de deportaciones de la historia. Los sentimientos humanos no figuran en su vocabulario. Negará la ciudadanía americana a los nacidos en América de padres extranjeros contraviniendo la enmienda 14 de la Constitución que ha jurado hace unos días.
A la vista de todo esto, lo único que nos espera con Trump es un futuro incierto, poblado de murallas brumosas, de milagros inciertos y por unas ruinosas playas de silencio. El mundo dual de la guerra fría tenía como polos enfrentados a Moscú y Washington. Para Trump el oponente será China. Los dos se disputarán la hegemonía mundial.
La venerable palabra libertad sufrirá profanaciones cada día con muchas puñaladas en su piel.
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