Manuel Herminio Iglesias
DENDE SEIXO-ALBO
Patriotas de bandeira
TINTA DE VERANO
Las ciudades se cuentan a sí mismas a través de sus monumentos, de sus plazas o de sus ríos. Ourense, durante años, ha querido contarse a través de su historia y de su tranquilidad cotidiana. Sin embargo, caminando hoy por muchas de nuestras calles descubrimos otra narración menos amable y más inquietante: aceras deterioradas, baches persistentes, mobiliario urbano envejecido y rincones olvidados por el mantenimiento.
Cuando el espacio público transmite abandono, los ciudadanos también perciben que su ciudad ha dejado de ser una prioridad
El deterioro urbano tiene además un efecto psicológico sobre la ciudadanía que a menudo se subestima. Cuando el espacio público transmite abandono, los ciudadanos también perciben que su ciudad ha dejado de ser una prioridad. La sensación de descuido acaba generando desafección, una especie de resignación colectiva que se resume en una frase muy escuchada en conversaciones de café: “esto aquí siempre fue así”.
Simplemente, basta con recorrer algunos barrios, incluido el centro histórico, o fijarse con atención en detalles concretos. No es una crítica exagerada ni un ejercicio de nostalgia gratuita. Como cantaba Sabina: “vivo en el número siete, calle melancolía / quiero mudarme, hace años, al barrio de la alegría / pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía / y en la escalera me siento a silbar mi melodía”. Si aquí hubiera tranvía, hace rato que habría pasado el último.
Ourense no ha sido siempre así ni debería acostumbrarse a serlo, con melancólica resignación ante la dejadez. Nuestra ciudad cuenta con un patrimonio urbano extraordinario, una escala humana que muchas grandes urbes envidiarían y una calidad de vida que todavía constituye uno de sus principales atractivos. Precisamente por eso resulta paradójico que semejante potencial conviva con señales tan visibles de desgaste en el día a día de sus calles.
El problema no es únicamente estético. Ell mal estado del pavimento afecta a la movilidad de las personas mayores, a los carritos de bebé, o a quienes utilizan sillas de ruedas. El descuido se convierte así en peligro para quienes son más vulnerable. Las aceras irregulares y las calles descuidadas no son solo cuestión de imagen urbana. Nos hablan de accesibilidad, de seguridad y de respeto por quienes viven la ciudad a pie.
Además, Ourense debería a ser un referente turístico vinculado a su identidad termal y a su patrimonio histórico. Sin embargo, la experiencia de una ciudad como la nuestra comienza mucho antes de llegar a las termas o de cruzar el Puente Romano. Empieza en la primera imagen que percibe el visitante cuando llega, en la limpieza del entorno, o en la sensación de cuidado que debería transmitir todo nuestro espacio público y no lo hace.
Por supuesto, el mantenimiento de una ciudad nunca es tarea sencilla. Y, precisamente por eso, la gestión del espacio público requiere de constancia y de planificación, no de intervenciones puntuales, que funcionan como parches momentáneos. Ourense no necesita reinventarse ni competir en gigantismo con otras ciudades. Lo que precisa, quizá, es algo más sencillo y a la vez más difícil: cuidar lo que ya tiene.
Una ciudad no se mide solo por sus proyectos o por sus inauguraciones, sino por la calidad de lo pequeño: una baldosa bien colocada, una calle limpia, o un banco que invita a sentarse. Porque Ourense no se dignifica solo con grandes obras, sino con la atención diaria a los pequeños detalles que, sumados, construyen la sensación de orgullo urbano. Aquí, además, en defecto de tranvía, mejor ir a pie al barrio de la alegría que en autobús.
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