José Manuel Torralba
Editoriales científicas depredadoras: el gran negocio a costa del dinero público
HISTORIAS INCREÍBLES
La gente se ha quedado espeluznada y el miedo a la muerte ha corrido como un tren, como dos trenes, que a gran velocidad se han precipitado contra la oscura noche que nunca recuperará su amanecer, aquella alba dichosa que azulea la mañana.
Ateridos estamos frente a esa realidad tan misteriosa y tan certera, tan odiada y tan nuestra, porque se esconde en la biología que nos envuelve el alma. Vivimos y en el tiempo de la vida sembramos lo que somos, compartiendo con los otros algunas alegrías, el intercambio de las palabras y esa esperanza que no es otra cosa que un esperar Señor, a que te aparezcas como un abrazo paternal al final de la jornada.
Los agricultores saben de lunas y de los mejores tiempos para la siembra, pero nosotros no sabemos cuándo nos sembrarás en la tierra yerma, cuándo acudiremos irremediables a unirnos como una pequeña gota de agua al mar inmenso que eres tú, infinito, imperecedero, amor perfecto, ilimitada libertad del pensamiento.
La vida, y lo sabemos, es un tren de ida y vuelta, que va y viene a gran velocidad; en el que estamos subidos desde la infancia. Ni siquiera sabemos si nos vale el billete que nos dieron. Y vendrá el revisor que eres tú, un día, inesperadamente, a inspeccionar si llevamos puesta la esperanza.
Déjanos, hoy pedirte por todos estos y por los otros, por quienes a diario se desplazan, movidos como estamos por el deseo de ser eternos, sabiendo cómo somos contingentes, hechos de materia corruptible. Vulnerables somos, a veces sólo una sombra y aire, y agua; casi todo es agua como la de aquella fuente.
Efímeros, fugaces, finitos son los días, apenas un ya voy, un ya subo y por mucho que pretendamos estirarlos sólo lograremos entristecernos porque los vivimos y mal empleamos, con los malos comportamientos, las riñas, las censuras, los desafortunados mohines que mostramos a los que conviven con nosotros en nuestro pequeño espacio.
La vida, y lo sabemos, es un tren de ida y vuelta, que va y viene a gran velocidad; en el que estamos subidos desde la infancia. Ni siquiera sabemos si nos vale el billete que nos dieron. Y vendrá el revisor que eres tú, un día, inesperadamente, a inspeccionar si llevamos puesta la esperanza.
Amar es bien fácil pero no lo hacemos, sólo pretendemos de manera egoísta que se cumplan nuestros deseos, aquello que nos gusta y perdemos la oportunidad de decirles a ellos, con pequeños gestos, que los queremos. Por eso cuando un día ya no están, ya se han ido, lloramos no por ellos sino por nosotros, que pedimos la oportunidad de mostrarles el dulce sentimiento.
Podemos ver su muerte como una fatalidad esotérica, impenetrable y sombría, que turba nuestra existencia y la colma de melancolía… o bien un inesperado desmoronamiento de la vida… o un momento feo que ocultamos y callamos… o una oportunidad para dormirnos acurrucados, ya serenos, Señor, en tus redivivos brazos.
A ti, hoy tan tristes acudimos, ingeniero superior de nuestros caminos, perito en amores, fíjate en esos vagones en lo que viajaron niños, niñas, mujeres y hombres, ancianos de blanca barba o abuelas que tricotaban todos los cariños con la lana tierna y tenue de aquella noche sin madrugada. Por ellos te rogamos y por nosotros que lloramos, como lo hiciste tú por Lázaro, tu camarada.
Mira, viajero incansable, dos trenes entre la niebla… avanzan.
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