La tristeza más grande nunca se cura

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 11 abr 2026 - 05:10
Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Su nieto a menudo le preguntaba por qué en los billetes de cien pesetas que coleccionaba salía su cara. El parecido que tenía Paco con Pérez Galdós era asombrante. Paco era bajito, como Benito supongo, y se había quedado viudo a los 60. Una desgracia, como decían el pueblo, la tristeza más grande, como decía él.

Se levantaba todos los días a las siete, que uno duerme menos cuando se hace mayor, y como no sabía hacer un triste huevo frito, desayunaba pan de ayer flotando en leche de dudoso estado.

La tortilla siempre estaba demasiado hecha, o demasiado cruda, que como la de la Milagros no la volvió a probar"

A las nueve menos cuarto iba a hacer cola al Froiz, que en realidad abría a las nueve, pero las mejores costilletas son las de primera hora. “No entiendo yo porque no puedo pagar aquí en la carnicería como toda la vida y tengo que irme allá donde las cajeras”. Paco se quejaba todos los días de lo mismo. Los días, que tenían la manía de ser siempre el mismo día. Al terminar la compra paraba en el Lagar, un botellín de Mahou y un chupito de Cacique. A la tercera ronda matutina bromeaba “me dijo el médico que si me dolía alguna herida le echase alcohol, pero no explicó si por dentro o por fuera”. En la televisión las noticias 24 horas. En el periódico las noticias de ayer. El Barcelona ha vuelto a ganar. La posesión. El saber estar.

El vermú lo tomaba en el Daypa, que está justo en la esquina de dos calles con tránsito estable. Se colocaba fuera, a ver quién andaba con quien, que en la barra no hacía más que discutir. La tortilla siempre estaba demasiado hecha, o demasiado cruda, que como la de la Milagros no la volvió a probar.

La tristeza más grande nunca se cura.

Para comer, el Bicherías, que en la casa de su hija comían demasiado verde y eso pues llena al momento, pero te da hambre al poco tiempo. Y que uno ya está mayor para que le digan que se cuide más, que beba menos. Paco confió tanto en su juventud que no sabe en qué momento la perdió. Los días impares se iba a casa a echar la siesta y ver la novela en secreto, ¡qué iban a pensar de un hombre que ve una novela! Los pares echaba la partida en el Azteca. En invierno pedía un caliente, un cóctel de sobremesa que lleva coñac, limón, azúcar. Lo quemas y, al parecer, te cura los males. Casi todos los males.

Paco a menudo cagaba fuera de casa, en mitad de la partida, porque se olvidaba de comprar papel higiénico, y usar el bidé hacía tambalear los cimientos de su virilidad. “La pausa de pensar” le decían sus compañeros de mesa cuando lo veían levantar. A las diez volvía a casa. A la casa vacía. A la de las puertas cerradas. La casa, que también se quedó viuda. Un poco de jamón y un vaso de vino. En la tele el Walker Ranger de Texas. En el sofá el desierto de quien no está.

La tristeza más grande nunca se cura.

Contenido patrocinado

stats