Luis del Val
Una mafia sin asesinatos
Hay una dicotomía semántica que la actualidad política española se ha empeñado en poner de actualidad, la diferencia entre listo e inteligente. La inteligencia consiste en comprender la realidad, mientras que la listura, en aprovecharse de ella. El inteligente inventa la vacuna, el listo intenta saltarse la cola para recibirla antes. El inteligente diseña un puente, el listo consigue la adjudicación. El inteligente crea riqueza, el listo encuentra la manera de facturarla. La inteligencia deja legado, la listura sumarios.
Y aquí aparece mi perplejidad. Desde hace años analistas y periodistas vienen describiendo a los protagonistas de los escándalos que rodean al PSOE como personajes de apariencia más bien discreta. Gente que no parecía precisamente destinada a resolver ecuaciones diferenciales ni a discutir sobre Kant en una sobremesa. Sin embargo, cuando uno lee sumarios e informes policiales sobre las tramas vinculadas a los casos Koldo, Ábalos o Santos Cerdán, descubre entramados complejos, redes de contactos, mensajes cifrados y estrategias que exigirían, al menos sobre el papel, una capacidad organizativa notable.
La explicación a esto es que tal vez hemos sobrevalorado la inteligencia y subestimado la listura. Olvidamos que para organizar una trama corrupta no hace falta ser Einstein, basta con conocer las costuras del sistema, las debilidades humanas y los incentivos adecuados. Hay una frase atribuida a Jules Renard que resume perfectamente el fenómeno: “Es mucho más fácil ser listo que inteligente”. Quizá porque la inteligencia exige esfuerzo continuo, mientras que la listura suele consistir en encontrar atajos.
Los verdaderamente inteligentes sospechan de sus propias certezas; por ello se equivocan, rectifican, matizan y vuelven a empezar
Me parece también interesante recordar otra debilidad para la inteligencia: produce dudas. Los verdaderamente inteligentes sospechan de sus propias certezas; por ello se equivocan, rectifican, matizan y vuelven a empezar. Los listos, en cambio, poseen una seguridad admirable. Nunca dudan. Saben exactamente quién les debe algo, qué puerta hay que llamar y qué trámite puede acelerarse si se habla con la persona adecuada.
Quizá por eso seguimos equivocándonos al juzgar a determinados personajes públicos. Les atribuimos genialidad cuando en realidad solo dominan un oficio muy antiguo relacionado con esa tradición nacional tan arraigada, la picardía. El pícaro, como el listo, no aspira a comprender el mundo, le basta con encontrar la forma de vivir mejor que los demás dentro de él. No busca transformar las reglas, busca conocer al árbitro.
Pensemos en alguien que encaja bien en esa clasificación, por ejemplo Zapatero. Durante años se nos presentó como un dirigente más cómodo entre alianzas de civilizaciones y discursos sobre el diálogo que entre balances, mercados o estrategias. Sin embargo, el paso del tiempo ha ido dejando a su alrededor grandes negocios, patrimonios y colecciones de joyas cuya mera existencia resulta difícil de conciliar con la imagen del profesor despistado que algunos todavía evocan.
Por último, si algo demuestra la política española reciente es que tristemente la supervivencia suele depender menos del talento que de la astucia. Los inteligentes dudan, rectifican y pagan el precio de sus errores. Los listos encuentran a quién presentarle la factura. Por eso unos dejan legado y otros simplemente sobreviven.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Luis del Val
Una mafia sin asesinatos
Julián Pardinas Sanz
La política necesita algo de excelencia
Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
A examen de Zapatero
Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Contra a calor
Lo último
600.000 EUROS
Vilamarín, a punto de acabar su centro de día
METOLOGÍA INNOVADORA
Castrelo do Val pone freno al fuego gracias al uso de anillos de protección
A PARTIR DE SEPTIEMBRE
Sanidade prevé una “debacle” en caso de huelga indefinida