Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Cuando volvió Trump, hace ya una eternidad de dos meses y medio, podíamos prever un cambio geopolítico pero no de ciento ochenta grados, ni que fuera a zaherir en público a sus aliados y a tratar con mucho más respeto y sintonía a los peores enemigos de Occidente. Se sacó de la manga un conflicto en torno al Canal de Panamá. Se enfrentó a sus vecinos y a Europa con su arma favorita, los aranceles, hasta el punto de que ya ni se sabe qué arancel a qué industria de qué país está o no vigente en cada momento. Y, por supuesto, ha abandonado la defensa de Ucrania y, con el pretexto de una paz “realista” absolutamente injusta, se ha colocado del lado incorrecto de la Historia: el bando del régimen agresor, una dictadura despótica que estaba contra las cuerdas y a cuyo rescate ha acudido este miserable. Auparle (y algún día se sabrá con precisión cuánto) ha sido la jugada maestra de un Vladimir Putin moribundo en sentido figurado y literal. Pero entre todas las locuras que han dejado al mundo boquiabierto desde el 20 de enero, hay una que conviene analizar: la “batalla” trumpista por el Ártico. Esa región le obsesiona. Insiste en tres ideas. En primer lugar, “Canadá es nuestra, debería convertirse en un estado más de la Unión”. En segundo lugar, “Groenlandia nos es necesaria y, por consiguiente, tenemos derecho a anexionárnosla”. Y en tercer lugar, “ahora toda la geopolítica gira en torno al Ártico”. Veamos.
Malos tiempos para el Derecho internacional, para el espíritu de la Carta de San Francisco, para el orden mundial basado en reglas, para la paz derivada de una alambicada multilateralidad
Comenzando por esta tercera visión, se ha convencido a Trump de que el deshielo del casquete polar ártico por el cambio climático (ya sea antropogénico o debido a los ciclos del planeta y del sol) está revelando riesgos y oportunidades. Las oportunidades son sobre todo de índole minera. Los riesgos son de dos tipos: uno, la habilitación de pasos marítimos antes bloqueados por el hielo, que ayudaría militarmente a Rusia y comercialmente a China. Si tenemos en cuenta que la voluntad de anexionarse el Canal de Panamá se debe sobre todo al temor, completamente infundado, de que lo pueda controlar China, se comprende mejor cómo Trump imagina también miles de cargueros chinos pasando del Pacífico al Atlántico, rumbo a Rotterdam, sin que Estados Unidos pinte nada. Y dos, el riesgo militar: a Trump le preocuparía que Rusia pudiera tomar con facilidad el Norte de Canadá, un “estado” donde debería operar únicamente Washington, con su poderoso ejército. Y desde esa lógica, ve Groenlandia como una anécdota grotesca: “¿Cómo va a estar en manos de un pequeño país europeo, casi de juguete?”. La necesitamos, ergo, es nuestra. Lo que piensen los habitantes o Europa, no importa. Hasta aquí lo que están interpretando los politólogos, tanto la mayoría contraria al expansionismo como la minoría que sí lo comparte. Pero la realidad podría ser aún peor.
Si todo lo que se comenta sobre el carácter prorruso de Trump (o incluso de agente ruso, “el camarada Krasnov”) tiene algún viso de realidad más allá de posibles conspiranoias, toda esta “batalla del Ártico” sería un primer reparto territorial a gran escala que delimitaría las regiones de poder estanco asignadas a cada superpotencia para gestionar libremente su bloque. Sería un preludio del reparto del planeta a tres, porque en algún momento se incluiría a China para así (cree Trump) alcanzar una paz duradera entre las tres superpotencias. Putin acaba de reactivar la vieja pendencia de la Rusia zarista por las Islas Svalbard, de cuya soberanía noruega no cabe la menor duda. Trump estaría encantado de entregárselas a cambio de que no ponga pegas a su anexión de Groenlandia. Canadá se convertiría, en el mejor de los casos, en un vasallo, con todo su Ártico controlado exclusivamente por Washington. Y a los inuit… que les den. El Ártico quedaría dividido en dos mitades: de Alaska a Groenlandia, americano; y de Svalbard a Kamchatka, ruso. Dinamarca, Noruega y Canadá… no cuentan, no existen. Canadá para Estados Unidos, y Europa… Trump la desprecia y está deseando deshacerse de ella. Seremos parte de la “Eurasia” que propone Aleksandr Dugin, vayamos aprendiendo ruso.
En Ottawa lo que realmente ha desatado la indignación y hasta el pánico no han sido las bobadas insultantes de Trump sobre el “cincuenta y un estado” sino su posición sobre Groenlandia, porque es ahí donde transluce la operación de absorber toda Norteamérica. Así, Canadá cedería sus ricos acuíferos y su potente producción energética, y un territorio poco poblado e inmenso, mayor aún que el de los Estados Unidos actuales. Washington y Moscú tendrían similar extensión territorial directa. Y Rusia vería legitimada su lógica expansionista y anexionista, por ser la nueva normalidad: “Might is Right” (el poderoso siempre tiene razón). Malos tiempos para el Derecho internacional, para el espíritu de la Carta de San Francisco, para el orden mundial basado en reglas, para la paz derivada de una alambicada multilateralidad. Volvemos a la lógica de Yalta… pero esta vez sin la voz europea que el gran Winston Churchill supo hacer valer en la localidad ucraniana para que “sólo” se entregara media Europa a Moscú. Esta vez… ¿Europa entera?
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