Trump y la universidad

Publicado: 30 may 2025 - 05:15
JOSÉ PAZ.
JOSÉ PAZ.

Donald Trump abrió esta semana ordenando a sus diplomáticos pausar o cancelar las citas para tramitar visados de estudios en todos los consulados americanos. No sólo eso. Pretende ahora que la concesión o no dependa de una revisión de lo opinado por los estudiantes en sus redes sociales, con criterios ideológicos que impondrá la secta que manda en Washington. Es una señal inequívoca de la deriva autoritaria y sectaria del movimiento MAGA y del aparato de poder que lo sostiene, vinculado a algunas organizaciones religiosas extremistas y a intereses relacionados, algunos pertenecientes a la ultraderecha confesional rusa. Este ataque directo y flagrante a derechos fundamentales como la libertad de expresión, la privacidad y la libertad de empresa es absolutamente impropio de una democracia liberal, de un sistema capitalista y de la tradición y la historia de los Estados Unidos de América. Además, la decisión previa de ordenar a Harvard, específicamente, no admitir a estudiantes extranjeros, constituye un atropello sin precedentes al principio de legalidad y a la igualdad ante la ley. No se puede prohibir algo a una sola empresa y no a sus competidoras. Los Estados Unidos siempre se habían enorgullecido de atraer a las mentes más brillantes del planeta. Infinidad de universidades de otros países ya se están rifando a los estudiantes que el tosco e inculto presidente Trump no quiere que estudien en su país. Muchos de ellos se quedaban después y aportaban a la economía, la ciencia o la tecnología americanas. Ahora los Estados Unidos van a perderse mucho talento.

No es torpeza económica, es un nuevo episodio en la obsesiva batalla de Trump y su movimiento MAGA contra todo lo que escapa a su control “cultural” del relato

Esta caza de brujas absolutamente arbitraria viola la libertad de las universidades y es una intromisión inaceptable en la libertad empresarial. Las universidades, y especialmente Harvard, han sido motores de innovación y prosperidad. Al cercenar su capacidad de elegir a sus estudiantes y a la vez criminalizar la movilidad académica internacional, Trump pisotea los principios de apertura y diversidad que caracterizan a estas instituciones, y socava la competitividad del sector. Las universidades privadas norteamericanas no viven sólo de la filantropía. Viven también de su reputación y de la matrícula que pagan millones de estudiantes, incluyendo a infinidad de extranjeros. La paradoja es sangrante: mientras Trump impone aranceles proteccionistas contra las importaciones, daña sin escrúpulos uno de los sectores exportadores más potentes que tiene su país, pues el turismo receptivo y la educación superior constituyen exportaciones. Una vez más Trump antepone su ideología al libre emprendimiento. No es torpeza económica, es un nuevo episodio en la obsesiva batalla de Trump y su movimiento MAGA contra todo lo que escapa a su control “cultural” del relato. Este ataque se enmarca en una campaña más amplia contra las ideas, las instituciones y las personas que no comulgan con la cosmovisión del trumpismo: una campaña que ha incluido la demonización sistemática de los medios de comunicación independientes, la politización de la justicia y los tribunales, la caza de brujas en agencias científicas y sanitarias y la promoción de teorías conspirativas que retuercen la realidad hasta volverla irreconocible. Se está sustituyendo la defensa de los intereses del país por la imposición de una ortodoxia política y moral que amenaza con homogeneizarlo. En esa ortodoxia, la discrepancia se convierte en traición, la diversidad en debilidad y el extranjero en sospechoso por definición. Y así se desmantela, poco a poco, la América abierta y plural que durante más de dos siglos había sido faro de libertad y progreso.

JOSÉ PAZ.
JOSÉ PAZ.

Revisar las redes sociales de los candidatos a visados es una muestra escalofriante de cómo un gobierno puede convertir la vigilancia en método de gobierno y el prejuicio en criterio de selección. ¿Qué se busca exactamente? ¿Rastrear opiniones políticas, ironías juveniles, fotos de amigos y familia? ¿Reducir la personalidad de un estudiante a un expediente policial? Esto no es propio de una democracia liberal ni de un país que siempre ha presumido de sus libertades civiles. Es, directamente, un retroceso histórico que repugna a cualquiera que crea en los derechos fundamentales. Y negar la entrada de estudiantes excelentes de todo el mundo no fortalece a las universidades estadounidenses: las debilita. Lo que se está forjando bajo la retórica patriotera de “America First” es una nación cada vez más replegada en sí misma, más hostil a la crítica y menos tolerante con la disidencia. Se está refundando el país en torno a una visión estrecha y monocorde que no respeta la tradición de pluralismo y apertura que, paradójicamente, hizo grandes a los Estados Unidos de América. No se trata de proteger fronteras: se trata de trazar fronteras ideológicas. Y ese es, sin duda, el camino más corto hacia la ruina moral y política. Hoy el objetivo es Harvard. Mañana puede ser cualquier otra voz o institución que no encaje en los moldes del nuevo dogma. Y eso, más allá de cualquier cálculo electoral o económico, es una afrenta a la libertad y a la dignidad humanas.

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