El turismo es una bendición para España

EL ÁLAMO

Publicado: 09 jul 2026 - 04:40
La Región

Crece en España la guerra contra el turismo. Es el último fetiche sexual de la izquierda posmoderna. No sé cómo se las arreglan, pero siempre terminan encontrando la manera de derribar aquello con lo que alguien gana dinero, lo que no deja de ser un homenaje a sus inicios, que al fin y al cabo el robo institucionalizado del socialismo nació de un inmenso rencor, si es que no de la más insana envidia. Cuando el calentamiento global, la culpa es de la economía, es decir, del capitalismo; cuando el feminismo, la culpa es del patriarcado, los techos de cristal, y del hábitat empresarial en que respiramos, y ahora cuando el turismo, lo que molesta no es que sea masivo, sino que es próspero.

La misma izquierda que no ha movido un dedo para denunciar la invasión migratoria que está patrocinando este Gobierno criminal, pone ahora el grito en el cielo por los turistas. Les molestan los visitantes de fuera, pero solo si son blanquitos –o rojitos, según la hora del día-, entran legalmente, y traen la cartera llena para dejarse los cuartos en su alojamiento, en su entorno, en las tiendas locales.

Tampoco nos engañemos. Cierto que en algunas zonas de España el modelo turístico que se ha creado es insoportable para los locales. Turismo de hijos de ricos europeos que vienen a vomitar esquinas, destrozar coches y calles, y a obligar al avión a un aterrizaje de emergencia en el viaje de vuelta, después del típico brote psicótico que no te da precisamente por acumulación de paellas y ácido úrico. Turismo basura. Pero tampoco protestan contra eso. Les molestan los alquileres turísticos, las iniciativas particulares, las oportunidades de negocio de los hosteleros, y tener que hacer cola en los restaurantes, en la farmacia o en el supermercado. Les molesta la prosperidad y los casos de éxito.

Si Galicia quiere seguir creciendo como destino turístico haría bien en mirarse en el espejo asturiano –y cántabro-

Veraneo desde niño en Ribadeo, quienes me leen a menudo lo saben, y he vivido la evolución del turismo de A Mariña lucense en primera fila. Es un ejemplo interesante por lo que tiene de paradigmático. De niño, veraneo en un paraíso desierto, turismo familiar y local, y veraneantes medidos con cuentagotas en la primera quincena de agosto, procedentes en su mayoría de Madrid y La Coruña. Ahora, tres o cuatro décadas después, el pueblo está atestado de gente de cualquier procedencia desde primeros de julio hasta los últimos días de agosto, es imposible alquilar una casa a un precio razonable, no puedes cenar sin reserva, navegar por la ría masificada es un peligro, y lo mejor que puedes hacer con el coche, si pretendes aparcarlo, es arrojarlo a la ría. Y, sin embargo, es un éxito. Cientos de trabajadores y empresarios ribadenses se benefician de esa afluencia masiva, hasta el punto de que muchos de ellos sobreviven con holgura durante nueve meses gracias a lo que facturan en los tres intensos meses de verano. ¿Cuál es el problema? Italia está repleta de lugares así. Y el turismo en Italia es un ejemplo para el mundo.

Sin embargo, el veraneo de A Mariña conserva lo esencial: muchísimos planes que hacer para todas las edades, rutas guiadas y museos cada vez más cuidados, una oferta gastronómica de primer nivel, y un puñado de paraísos naturales al alcance de la mano, en pocos kilómetros a la redonda. También, claro, hay ocio nocturno, como complemento perfecto a la estancia, pero no constituye la única razón de ser del modelo turístico, ni causa problema alguno a los vecinos.

Si en otras localidades mediterráneas las autoridades locales lo apostaron todo durante años al modelo de discotequeo, que se coman lo votado y lo buscado, o que pongan a otros al frente. Pero demonizar el turismo solo porque genera riqueza es una inmensa paletada, de esas que pensé que jamás veríamos desplegarse fuera de Cataluña que, como es sabido, es la región más increíblemente paleta, ombligocéntrica e idiotizada de España, muy a pesar de los catalanes de bien.

Si Galicia quiere seguir creciendo como destino turístico, más allá de Santiago y de la costa pontevedresa, haría bien en mirarse en el espejo asturiano –y cántabro- y en su inmenso ecosistema de turismo rural y familiar. Mientras algún bobo monta aquí la plataforma turismofóbica, aún nos quedarán unos años de suculentas oportunidades de negocio en el sector más esplendoroso y relevante de la economía española.

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