Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
El último dandy
EL ÁNGULO INVERSO
Inevitable, tenía que escribir de ese artista multidisciplinar y romántico: Modesto Contreras Orero. Le llamaban el Barón Deverini. Quizás heredó la elegancia de aquellos caballeros del Casino, que allá en los 50 acuñaron la frase: “Para caballeros, los de Verín”.
Ay, aquellos casinos de posguerra donde también habitaban personajes de Machado: “Este hombre de casino provinciano / tiene mustia la piel / el pelo cano / ojos velados por la melancolía”. Entonces, había muchos sastres y la alta burguesía vestía con preciados trajes a la medida. Verídico. En mi niñez había un limpiabotas que había llegado huido de Baracaldo. Todos le llamaban así: Baracaldo. Cada cierto tiempo dejaba el sillón de limpiabotas, se paseaba por delante del casino y les gritaba: “El Arca de Noé, hay animales de todas las especies”.
Nadie llevó con tanto estilo su sombrero. Siempre me pregunté donde compraba aquellos zapatos bien cosidos, blancos, rodeados por un azul casi radiante
Modesto falleció hace días. Auténtico dandi, en el estilo y en el espíritu. Elegante y caballeresco, tenía eso que llaman los franceses glamour. Ese encanto especial que te fascina. Nadie llevó con tanto estilo su sombrero. Siempre me pregunté donde compraba aquellos zapatos bien cosidos, blancos, rodeados por un azul casi radiante. Le agobiaban estos tiempos chabacanos, cutres y casposos y se encerraba en su estudio a la búsqueda de color.
Cuando estaba en ciudades del interior, de pronto sacudía su cabeza y, en un soplo, se ponía en su Ítaca, Vilagarcía de Arousa. Allí se enamoró perdidamente de una mujer de la villa. Se hizo espiritualmente arousano.
Amó Barcelona, donde estudió arte, vivió largos años y dejó su leyenda. Yo le visitaba a veces. Cielo santo, a finales de los 60 y principios de los 70, la ciudad era la capital espiritual de Europa. Modesto era un habitual de Bocaccio, donde abrevaba la llamada izquierda caviar. La sala era “el temple de la Gauche Divine”: decían que la revolución también pasaba por el placer y la moda. Allí empezaron Serrat y Raimon, el propio García Márquez. Modesto me enseñó una foto de ambos, tuvo con él cierta intimidad. Eran habituales Rosa Regás, Jaime Gil de Biedma y Teresa Gimpera, que reinaba en la sala; los hermanos Goytisolo: Juan, Luis y, ay, José Agustín, el autor de “Palabras para Julia”, que acabó su vida arrojándose por una ventana.
Modesto inauguró un local gastronómico en aquella Barcelona cosmopolita, con una decoración espectacular. El propio Pujol premió la calidad de sus creaciones y propuestas. Por allí pasaron aquellos hijos de la burguesía que recogieron los frutos del Mayo del 68.
Modesto lo hacía todo bien. Dominaba las estrategias del póker. Podría haber vivido como mago ilusionista. Cuenta Sergio González que llegó a ser piloto de un equipo de competición. Formaba pareja nada menos que con el rey de la rumba, Gato Pérez.
Afirmaba que su medicina celestial era el albariño. El licor inspiraba sus cuadros, siempre llenos de luminosidad. Hoy lucen en salas de distintos países. Lord Byron era su poeta favorito: “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.
(Recuerdo bien su emotiva exposición, allá en el 2013, que tituló: “El jardín de las Hespérides”. Las hespérides eran las ninfas que cuidaban un jardín encantado. De los árboles colgaban manzanas de oro. Quien alcanzaba una de ellas viviría eternamente.
Me contó Modesto que las ninfas lo visitaban en sus sueños. Le invitaban a llevarse su manzana).
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