Manuel Orío
RECORTES
Vozinha y las diferencias
LOS LIBROS QUE LEO
Entre toda la enorme y exquisita producción de Julian Barnes, -que este año ha sido agraciado con el premio Princesa de Asturias-, hay una novela que me fascina por su tesis, estructura y ejecución literaria. Se trata de “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2022). Una obra que ilustra en detalle, desde lo irónico y lo juguetón, la metástasis del mal. El compositor ruso Dmitri Shostakóvich es aquí el sujeto de la ficción, un hombre dividido entre la fidelidad a la música y la lealtad forzosa al régimen estalinista con tal de sobrevivir, tanto él como su familia.
No es casual la fragmentación narrativa en bloques de texto que parecen notas marginales; es la evocación de un hombre recortado en tirillas por la tijera del terror y que luego se van entremezclando de manera tal que el pasado de relativa felicidad en la infancia y la omnipresencia del miedo se entrecruzan formando una misma argamasa de significación. Una de las imágenes que golpean al lector como una tabla que de pronto se levanta del suelo, es aquella de un Shostakóvich esperando cada noche junto al ascensor de su edificio, con una pequeña maleta preparada, aguardando a ser arrestado por el siniestro NKVD, con tal de que su mujer y su hija no tengan que presenciar su detención. Esto a razón de su caída en desgracia tras la asistencia de Stalin a su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, en enero de 1936, y que obviamente no gustó para nada al camarada supremo, acusándolo de desviacionista, y de que en vez de música, producía “bulla”.
Tal vez el mayor acierto de Barnes en esta novela no sea limitarse a describir cuán largos y potentes resultan los tentáculos de la vigilancia y la censura, sino ahondar en cómo la conciencia de un individuo es capaz de adaptarse a las más envilecedoras promesas de supervivencia. Lo más curioso es que este encanallamiento lo protagoniza un genio de la música. A medida que van pasando ante nuestros ojos las líneas de texto como árboles por un paisaje de carretera, estaría bien preguntarnos qué haríamos nosotros bajo la garra de un sistema que ya no sólo oprime, sino que convierte a la víctima en un colaborador de su verdugo, como en una especie de síndrome de Estocolmo.
Barnes utiliza aquí la náusea del lector como un arma para revelar el potencial íntimo del propio discurso: el Shostakóvich que en 1948 lee con falso fervor los discursos propagandísticos escritos por el partido para el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial celebrado en New York, será el mismo que, ya en la madurez, en los años sesenta, durante el “deshielo” de Jruschov, viajará cómodamente en un coche con chófer. Atrás han quedado las amenazas de fusilamiento y las órdenes de deportación; ahora lo que está de moda es la asfixia de la amabilidad: honores, nombramientos y privilegios, son los mismos garfios de antaño tapizados de terciopelo. Los poderes mutan y refinan sus procedimientos; la fragilidad de las víctimas permanece invariable.
Julian Barnes (Inglaterra, 1946). Es licenciado en Filología por la Universidad de Oxford y crítico en literatura por el célebre Times Literary Supplement. Su novela “El loro de Flaubert”, por su ironía, consolida una trayectoria narrativa que conviene celebrar siempre.
Julian Barnes (Inglaterra, 1946). Es licenciado en Filología por la Universidad de Oxford y crítico en literatura por el célebre Times Literary Supplement. Su novela “El loro de Flaubert”, por su ironía, consolida una trayectoria narrativa que conviene celebrar siempre.
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