José Manuel Torralba
La twistrónica y la antipiedra filosofal
Han vuelto al candelero unas declaraciones del canciller alemán, Friedrich Merz, en las que acusaba a los trabajadores alemanes poco menos que de vagos. Las declaraciones no son nuevas, son del pasado febrero, pero se han rescatado ahora que en Alemania discuten la prolongación de la jornada laboral. Vino a decir el canciller, al volver de un viaje a China, que no se puede mantener la prosperidad trabajando cuatro días por semana. Se equivoca. Y se equivoca mucho.
El problema de Europa no es que trabajemos poco. El problema es que producimos poco, que no es lo mismo. La productividad por hora no se arregla alargando la jornada. Se arregla invirtiendo más y mejor, y dejando de castigar precisamente la inversión que eleva la productividad por trabajador. Merz confunde horas trabajadas con productividad. Una economía puede trabajar muchas horas y seguir siendo pobre. Y otra puede trabajar menos horas y generar muchísimo valor por cada una de ellas. La productividad depende de cuánto capital, cuánta tecnología, cuánta energía barata, cuánta automatización y cuánta organización eficiente tienes detrás de cada trabajador. Esa es la clave. No el sermón moral sobre el esfuerzo.
El error es todavía más claro cuando se mira a China de verdad. China no le está ganando a Alemania ni a Europa simplemente porque sus empleados se queden más rato en la oficina. Su ventaja se explica mucho mejor por haber construido durante décadas un ecosistema industrial completo, desde la infraestructura a la energía, pasando por cadenas de suministro integrales, financiación, automatización, velocidad regulatoria y una capacidad brutal para escalar. Lo que Merz vio en Hangzhou no fue una lección de trabajo duro, fue un ejemplo de acumulación de capital.
Llevamos años hablando de innovación, competitividad y autonomía estratégica mientras hacemos exactamente lo contrario de lo que exigiría una economía productiva
Ahí está precisamente la tragedia europea. Llevamos años hablando de innovación, competitividad y autonomía estratégica mientras hacemos exactamente lo contrario de lo que exigiría una economía productiva. Hemos convertido la regulación en sustituto de la estrategia. Hemos encarecido la energía. Hemos burocratizado la inversión. Hemos hecho más incierto abrir, ampliar o modernizar una fábrica. Nos pegamos tiros en el pie y nuestro mayor logro en los últimos años ha sido diseñar los tapones que no se caen de las botellas. Magistral.
Mientras Estados Unidos ha creado gigantes con una capitalización superior al PIB de muchos países europeos, nosotros no hemos sido capaces de colocar a nuestras empresas en el club de mando tecnológico e industrial. Apple, Microsoft, Nvidia, Alphabet o Amazon dominan el mundo. Sin embargo, en Europa la referencia es Louis Vuitton. Ellos dominan los semiconductores, el software, la inteligencia artificial, la nube y las plataformas globales. Nosotros presumimos de bolsos. Y el problema no es Louis Vuitton. El problema es que eso sea lo mejor que tenemos para ofrecer. El problema es lo que falta, no lo que existe.
La capitalización refleja dónde espera el mercado que se concentren los beneficios futuros. Y esos beneficios futuros se están concentrando en países capaces de transformar capital, tecnología y escala en empresas dominantes. Europa, en cambio, lleva demasiado tiempo especializándose en administrarse a sí misma. Mucha norma, mucho proceso, mucha superioridad moral pero poca producción. Mucho lirili y poco lerele.
Por eso el debate alemán de si hay que pasar de 35 a 40 horas semanales puede servir para cuadrar alguna cuenta a corto plazo, pero no arregla el problema de fondo. Si el diferencial con otras regiones del mundo es estructural, cinco horas más no lo van a solucionar. Si la brecha está en automatización, energía, inversión y escala, lo que hace falta no es exprimir más al trabajador, sino multiplicar el capital eficaz por trabajador. Esa es la única vía seria para elevar salarios, sostener el estado del bienestar y seguir siendo industrialmente relevantes.
Europa no tiene un problema de pereza. Tiene un problema de empobrecimiento autoinfligido. Ha decidido poner obstáculos donde otros ponen incentivos. Ha decidido moralizar la economía en lugar de entenderla. Ha decidido sospechar de la industria mientras financia su huida. Y ha decidido mirar hacia otro lado mientras genera una cantidad ingente de regulación que nos asfixia.
Merz acierta al afirmar que Alemania, y con ella buena parte de Europa, se está quedando atrás. Pero falla al señalar la solución. No faltan horas y esfuerzo. Faltan grandes empresas. Falta inversión productiva. Falta industria. Y sobra burocracia. Europa no tiene un déficit de ética laboral. Tiene un exceso de políticas contra la realidad. Mejor dejaban de mirar el reloj de los trabajadores y empezaban a mirar el desierto industrial que sus políticas han ido creando.
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