Rafael Torres
Bienvenidos
Evitaré cometer la imprudencia, o el exceso, de decir que José Luis Ábalos, expoderoso, es un reflejo de la clase política española, porque probablemente sería, además, injusto. Pero sí es una imagen de algunas cosas indeseables que están ocurriendo en el entorno de nuestra vida pública. Por ejemplo, déjeme preguntarme, y preguntar, por qué debería yo, con mis impuestos, pagar el retiro y la “indemnización”, por dejar de ser diputado, a alguien que me ha representado indignamente en el Parlamento durante un tiempo más que excesivo. ¿Qué méritos ha hecho el “diputado Ábalos”, aparte de ir cobrando puntualmente su salario como parlamentario y deshonrar a la Cámara, para merecer llevarse más aún de mi dinero en impuestos?
Las andanzas del ex secretario de Organización del PSOE y ex ministro de Transportes y Fomento me parecen, aun en su reciente desgracia, lamentables, motivadas simplemente no por un afán de servicio a la regeneración de lo que él contribuyó a degenerar, y menos aún por un afán de colaborar a esclarecer la verdad, sino, simplemente, para “sacarnos” más dinero a los contribuyentes. A mí, ¿qué me importa que quien pretendió tantas veces (presuntamente) estafarme no tenga ahora, como se lamentó, ni secretaria, ni coche con chófer, ni derecho colateral a la visa “gratis total” para viajar (entre otras cosas porque, claro, sigue en la cárcel)?
Indemnizarle ahora porque, en base a sus cálculos procesales y económicos, nos hace el favor de abandonar su inútil escaño en el Congreso, es otra muestra de la inanidad parlamentaria
Puede ser tolerable que el silencio de Ábalos acerca de todo lo que sabe dependa de un estipendio, de un trato fiscal, que es algo que también, en relación con su caso, sugiere, con total desinhibición, el “comisionista” y delincuente Víctor de Aldama? ¿Sería justo este trato con la Fiscalía, de manera que quien delinquió, abusando de sus cargos públicos, salve ahora su cuello a base de “cantar” algunas verdades que estaría obligado a declarar ante el juez? “Si me garantizas impunidades y fortunas, yo te doy algunos papeles que podrían esclarecer muchas cosas turbias de lo que por aquí ha ocurrido en los últimos años”, es la consigna. Antes, a eso, se le llamaba chantaje; ahora ya ni sé cómo calificarlo.
Haber mantenido a Ábalos como representante de los ciudadanos en la institución más importante del Estado, el Parlamento, ha sido, a mi modo de ver, uno más de los dislates que adornan el trayecto de nuestro Legislativo. Indemnizarle ahora porque, en base a sus cálculos procesales y económicos, nos hace el favor de abandonar su inútil escaño en el Congreso, es otra muestra de la inanidad parlamentaria que nos anega en base a una reglamentación que hay que cambiar urgentemente. Decir, tan fresco, que se acoge a la jubilación -con la máxima pensión- del Estado porque no le queda otro ingreso para vivir, me parece una desfachatez.
Sí, claro que siento lástima por Abalos, como por cualquier otro afectado por la célebre frase de Concepción Arenal “odia el delito y compadece al delincuente”; pero más lástima siento por un sistema que, desemparando a muchos que sí merecerían ese amparo, se lo da alguien que aprovechó su paso por la vida pública para burlarnos. Y algo semejante podría decir de alguno que pretende representar a los españoles en la Eurocámara, por ejemplo, a pesar de estar incurso en no pocas sospechas y en acciones que muy poco aprovechan a la buena marcha política y democrática del país, ¿verdad Alvise?
En fin, que quizá, no vendría mal un poco de reflexión sobre cuestiones como una mayor vigilancia desde el Ejecutivo, un poco menos de tolerancia en el Legislativo y un poco más de rigor en lo judicial y en lo legal para que nuestra democracia no pueda ser caricaturizada desde demasiados ángulos. Ábalos es uno de los que cubren todo un flanco en esa caricatura. Con mi dinero, no.
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