Manuel Orío
RECORTES
Andalucía pide paso
En tiempos en los que las ciudades compiten por ser más sostenibles, más verdes y más habitables, en Ourense parece que vamos en dirección contraria. Mientras en Europa se apuesta por recuperar espacios naturales, plantar árboles y devolverles vida a las calles, aquí el verde no cotiza. No está en la lista de prioridades, ni siquiera como elemento decorativo. Es como si los árboles molestaran, como si la naturaleza estorbara en los planes del urbanismo local.
Hay obras que cambian el aspecto de una ciudad, y otras que cambian su alma. Y en Ourense estamos viendo muchas de las segundas: proyectos que sustituyen sombra por cemento, frescura por plástico, y biodiversidad por uniformidad. Como si el futuro fuera un espacio plano y gris.
Y si hay un lugar que simboliza a la perfección esta falta de aprecio por el verde, ese es a día de hoy, el Xardín do Posío. Aunque lo de “jardín” ya es más una cuestión sentimental que descriptiva. Pocas ciudades pueden presumir de un espacio verde con tanta carga histórica, emocional y social. Durante generaciones, fue un refugio natural en el corazón de Ourense: un lugar para pasear, jugar, leer, enamorarse o simplemente respirar. Un pequeño oasis botánico que daba carácter y sombra a una ciudad que, en verano, arde.
Después de su última obra, el Posío parecía más una explanada para eventos que un jardín, transformado en un espacio duro y polivalente, más pensado para fiestas que para árboles y descanso. De jardín, queda el nombre. De botánico, la nostalgia.
La última actuación ha colmado la paciencia de muchas vecinas. La lona que oculta las obras ha despertado recelo, sospecha y hasta indignación. Algunos incluso se han planteado retirarla por su cuenta para ver qué se esconde detrás. Y no es para menos. Cuando el historial de arboricidios es tan largo como el de este gobierno, la desconfianza no solo es comprensible, es lógica. Porque más allá del cemento y las decisiones estéticas discutibles, el verdadero problema es la falta de transparencia.
Y no son solo las políticas locales las que han encendido las alarmas y el enfado vecinal. La desconfianza crece con cada obra, con cada decisión que convierte lo verde en gris. La reforma de la Avenida de las Caldas es un claro ejemplo de cómo la distancia entre los planos y la realidad puede ser abismal. Lo que debía ser una calle más amable, humana y habitable, ha terminado siendo una pista de asfalto sin árboles, sin sombra, sin vida. En una ciudad donde el sol pega fuerte, no hay ni un árbol que alivie el calor, ni una sombra bajo la que esperar o pasear con calma en una calle muy soleada. Una obra que no ha gustado a nadie. Lo mismo ocurre con los alrededores del centro de salud de A Ponte, donde el toque final ha sido instalar césped de plástico. Una solución tan artificial como incoherente, especialmente en una zona que debería ser un ejemplo de entorno saludable.
Con todo este panorama, es lógico que la ciudadanía desconfíe. Desconfíe de una política ambiental que habla de sostenibilidad mientras talan árboles. Que sustituye la naturaleza por materiales sintéticos, el confort climático por soluciones mecánicas.
Y es que al final, ¿qué sentido tiene talar árboles que dan sombra para luego poner aires acondicionados? ¿Qué futuro construimos si preferimos el césped de plástico a la tierra viva?
El verde no cotiza, pero sin verde, no hay ciudad que respire.
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