Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
Forma parte de las “Coplas a la muerte de su padre”, el Maestre Don Rodrigo. Fue Jorge Manrique de Figueroa su autor y estamos ante una de las joyas de la literatura universal. Me paro en el que dice “como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Una certeza del genio inmortal de Paredes de Nava, donde,por cierto, en su Iglesia de Santa Eulalia, se exhibe la segunda costilla derecha del Apóstol Santiago. Una declaración que no es un alegato de extremo conservadurismo ni una negación del progreso sino el resultado, transcurrido el tiempo, de la simple comparativa examinando aspectos concretos de la evolución humana.
Posee el castellano más de trescientas mil palabras. Empleó Miguel de Cervantes, que fue al colegio en el ourensano de Monterrey con los jesuitas, en “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” (1605) exactamente veintidós mil novecientos treinta y nueve vocablos. Dos profesionales utilizan un máximo de tres mil doscientos…la cifra desciende a trescientos entre los jóvenes , siendo las tecleadas en sus terminales móviles setenta y ocho que podríamos calificar como groserías y treinta y siete emoticonos…¿conocen alguna canción de reggaeton o estilos similares que contenga más de treinta? Muy difícil… ¿en qué lugar queda entonces la comprensión lectora? ¿Y el pensamiento crítico? En este aspecto, y en tantos…, ¿fue mejor o no cualquier tiempo pasado?
Los que saben de música, aquellos que beben de las fuentes donde la creatividad tenía una fuerza primordial, concluyen que la evolución en décadas, por supuesto en siglos, no ha ido precisamente a mejor. No me refiero a los formatos “neolíticos” como cassettes, vinilos o cintas de vídeo. Hablo de la espontaneidad de componer sin ayuda externa ni recursos a las redes donde todo está hecho, fabricando como churros éxitos que se olvidan a las semanas de promocionarse. Esa velocidad habla poco de la madurez de los trabajos intelectuales. John, Paul, George y Ringo, por ejemplo, se reunían con las novedades que los marineros norteamericanos traían bajo el brazo al desembarcar en Liverpool, para escucharlas juntos en el tocadiscos. Bajaban y levantaban la aguja las veces que fuera necesario para escribir las letras o adivinar los acordes, básico para interpretarla despúes. Nada tiene que ver con el aluvión de información que actualmente suministra todo ya masticado. La tan incipiente inteligencia artificial (nunca un término fue tan apropiado) se ocupará de todo los demás. Una amenaza no sólo laboral sino también emocional, social, política y económica, que debemos evitar que arrase con todo, especialmente con las libertades individuales y los derechos fundamentales.
Podemos hablar de cualquier otra actividad que aparecerán los mismos fantasmas del presente para cercenar la autenticidad que antes campaba por sus anchas. No es sólo un punto de vista común a los denominados “baby-boomers”. Si hablamos de fútbol puede que lleguemos a la misma conclusión. Que los niños de hoy consideren jugar en campos de tierra (con botas negras y dorsales del uno al once) un vestigio del pasado o que presencien un partido sin contemplar otros diez a la vez mientras no paran de ver las actualizaciones de las redes sociales en sus móviles. Una deriva que no es ajena al descenso de nivel y exigencias escolares comparándolos con la de años o décadas anteriores, habilidades generacionales que se han ido perdiendo y que socavan la fortaleza y el prestigio del sistema.
Alguien externo, un observador imparcial venido de otra galaxia, podría concluir que, afortunadamente, estamos ante una sociedad con más derechos y libertades pero donde los deberes tendrían que haber tenido un desarrollo similar, todo en aras de la mejor convivencia posible. Por eso no llamó la atención que, en las presidenciales norteamericanas de 2016, la candidata demócrata Hillary Clinton llevara entre sus propuestas la reimplantación de un sistema que recordara las formas del extinto servicio militar (que hoy en día en algunos países se está reconsiderando) en lo que se refiere a una cohabitación generacional durante un tiempo, con objetivos de servicios sociales o medioambientales, para que jóvenes de distinta procedencia, no sólo por sus zonas geográficas sino también por su raza, orientación sexual o por entornos familiares y personales, compartieran un espacio temporal para profundizar en valores universales como el respeto, la educación, la no discriminación y la solidaridad. Planteamientos que seguro parten de intenciones positivas para mejorar nuestra sociedad y el planeta en el que vivimos.
Y es que no podemos negar los avances y habilidades que manejan los que liderarán el mundo en las próximas décadas. Las autopistas de la comunicación han obrado el milagro de relacionarnos, en tiempo real, con personas ubicadas en cualquier parte del mundo. Una realidad que provoca una inmediatez en las novedades que no tiene fin. Antes “el periódico de hoy, publicado ayer, con noticias de mañana” tenía su respuesta en el ejemplar del día siguiente. Hoy al minuto de colocar en las redes sociales una noticia –y hoy todos podemos hacerlo sin ser profesionales de la comunicación- llega la réplica y aparece más tarde la dúplica y posicionamientos que no tienen fin. Sin hablar de los comentarios y opiniones que jalean cualquier frase, una espiral de violencia no sólo verbal muy peligrosa hasta que la legislación obligue a la identificación previa de quien quiera expresar su opinión haciendo imposible que vivan en el anonimato los que sólo buscan fastidiar al prójimo.
Esperemos que los más jóvenes hoy, en su madurez, no sigan invocando a Manrique porque sería la peor noticia que aseverasen que lo pasado es lo mejor. Esa tendencia humana a idealizar el pasado afronta en este siglo XXI una etapa histórica decisiva. La musicalidad y belleza de aquella rima, el ritmo octosílabo de sus verbos, creada sin algoritmos ni autotunes, es un monumento al intelecto humano. No perdamos esas referencias porque, como especie, nos lo jugamos todo.
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