Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
UN CAFÉ SOLO
Un amigo ha viajado recientemente a Egipto. Ha venido enamorado de los faraones y del esplendor que intuye después de ese recorrido por el pasado del país. Repite que le hubiese encantado vivir en aquel momento. No es el único que se imagina cómodamente instalado en otra época. Una vieja conocida sueña con los bailes de El gran Gatsby. Con esos locos años 20 donde, según cree, todo eran fiestas y lujos. Ambos se entusiasman con la idea de de quedarse allí un tiempo. Lo hacen porque se ven como parte de la clase pudiente que vivía en la corte de Cleopatra o como la elite americana que bailaba despreocupada en noches interminables mientras corría el alcohol, pese a la imperante Ley Seca. No se dan cuenta que pertenecer a la alta sociedad de cualquier época es una posibilidad bastante remota. Ahí están los números y las estadísticas.
Lo más probable es que les tocara ser un esclavo que construía las pirámides o una lavandera que se consumía con el frío y el hambre. Los dos con nulas opciones de mejorar su existencia ni de escapar a la más absoluta miseria.
Tener una visión de la historia lo más amplia posible es una necesidad. No vaya a ser que aparezca Doc con su DeLorean y le pidamos volver a la época de la dictadura en este país. Aunque así podríamos descubrir que no es como pensábamos. Porque las plazas para aterrizar en casas nobles, de apellidos ilustres, respetados o temidos, estarían completas y con líneas sucesorias inamovibles.
Lo más probable es que les tocara ser un esclavo que construía las pirámides o una lavandera que se consumía con el frío y el hambre. Los dos con nulas opciones de mejorar su existencia ni de escapar a la más absoluta miseria.
Lo más seguro es que nos tocase vivir con miedo a que alguien supiera lo que pensamos, porque podríamos acabar condenados. Correríamos el riesgo, no menor, de ser detenidos, y con toda seguridad golpeados en nombre de la moral, por querer vivir un amor que otros calificasen de indecente. A nosotras nos indicarían el camino para ser madre y esposa de manera correcta, en casa y calladas. Sin poder hacer nada que no llevase la aprobación de una firma masculina, ni viajar, ni cuenta bancaria. Sentiríamos la presión de no salirnos de lo que nos ordenan para evitar el castigo, aunque eso implicara malvivir. Tal vez optaríamos por coger las maletas para buscar un futuro y sentir el aire que nos dejara respirar. Y por encima de todo, nos oprimiría el pecho la necesidad de libertad. Ahí entenderíamos su verdadero significado. Nos daríamos cuenta que está en este presente del que renegamos tantas veces.
Desde ese pasado que creíamos mejor tal vez entenderíamos que aquellos que pregonan, brazo en alto, las bondades de esa época nos mienten. Que solo buscan mantener sus privilegios, cueste lo que cueste a la sociedad.
Pero cuidado, el DeLorean puede averiarse dejándonos para siempre en épocas muy oscuras. ¿A quién reclamamos entonces?
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