La vida de las mujeres

A mesa y manteles

Publicado: 01 jun 2025 - 07:47
Opinión en La Región.
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Tradicionalmente era muy distinta la situación de las mujeres, dependiendo de si vivían en la ciudad o en el campo. En el medio urbano era constatable el confinamiento de las mujeres de clase media o alta el ámbito doméstico, conforme expresa este refrán: “La mujer en casa, y la pierna quebrada». En cambio, en el medio rural las mujeres tenían una proyección extradoméstica, fundamentalmente laboral. Y es que en la sociedad campesina no se producía una separación clara entre el ámbito público y el privado. En la práctica, las mujeres intervenían profusamente en las más diversas faenas agrícolas, en las actividades comerciales y lúdicas, además de las ocupaciones propias del hogar. Las mujeres, en efecto, desarrollaban su existencia en la esfera de la privacidad, pero también en el ámbito público, entendido como locus de trabajo: acuden al monte, a trabajar en los campos distantes (imperativo de la propiedad minifundista con fincas dispersas). Tenían que ir al molino, al río o lavadero, al horno, y también a la feria y a otras casas de la parroquia para vender o hacer trueque de patatas, fruta, leche o pescado. En muchas ocasiones se veían obligadas a caminar hasta el pueblo o la ciudad, para ofrecer sus mercancías por las calles, en las casas o bien instalando un puestecillo en la plaza de abastos. Además, tenían que comparecer en el territorio público, conformado como espacio de servicios: acudían a comprar en la taberna-tienda y al comercio de ropa o a la ferretería de la urbe próxima, y, cada y cuando iban a consultar al abogado, al cura o sacristán, al médico-menciñeiro, al boticario, al maestro y al secretario municipal preocupadas por algún asunto familiar o “de intereses”, o quizá para efectuar alguna diligencia en el registro de la propiedad, o para despachar un trámite. Tampoco podían olvidarse de comprar en el estanco el tabaco de picadura que les habían encargado sus maridos, o tal vez unas pólizas para pegar en los “oficios” o formularios oficiales y también algunos sellos para la carta que tenían que remitir al hijo que había emigrado a Buenos Aires.

No dejaban de acceder, asimismo, al ámbito público entendido como espacio de sociabilidad u ocio: la iglesia, el velatorio y entierro de algún difunto de la parroquia, las vigilias de la Adoración Nocturna, el ropero de caridad, la cofradía consagrada al santo o virgen de la localidad, y la romería. Quedaba además la esfera en que se mezclaba el trabajo y el ocio, que venía dada por la feria en la que vendían sus productos en medio de la abigarrada multitud, escuchando quizá el sonido de una gaita. Finalmente, las mujeres participaban del ambiente recreativo, que se expresaba en el paseo de los domingos y el baile de los días de fiesta, en el que las campesinas mayores también se marcaban una muiñeira, o bien ponían una silla cerca de la pista para entretenerse viendo como danzaban las mozas y vigilaban de paso que se comportaran con moralidad, a lo que les instaba el cura que también podría andar por allí. Y, por fin, de pascuas en viernes, disfrutaban de una sesión de teatro-circo o de cine que se proyectaba en el café o cobertizo.

Por el contrario, no era concebible que las mujeres accedieran a la esfera pública entendida como poder: el atrio en el que se celebraba la junta parroquial, el lugar donde se discutía y acordaba el reparto del agua para el riego o se avisaba de la próxima endeita para reparar un camino que había quedado intransitable por un fuerte aguacero; tampoco estaba bien vista su presencia en la plaza o torreiro donde tenía lugar el mitin agrarista o político, o en el local electoral donde se depositaba el voto en la urna (hasta 1933), o, al cabo, en el salón municipal en el que la Corporación debatía y tomaba acuerdos, etc. Así que, de matriarcado, como creen muchos, nada.

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