Ser viejo

Publicado: 01 mar 2025 - 01:00
Opinión en La Región.
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Existen actos inexplicables capaces de alterar realidades.

Lo inevitable de lo que no vemos, que no llegamos a entender.

Como cuando te limpias después de cagar y, sin apenas pensarlo, compruebas cómo ha sido el resultado final sobre el papel higiénico.

La alegría del perfect que tú siempre tenías.

A mí me asaltó uno de esos actos inexplicables una noche de Entroido, o de Halloween. Ya casi ni los distingo. En cualquier caso, sucedió.

Decidimos, pues hace ya algún tiempo comprendí que cualquier caracterización tiene mejor resultado si se hace en compañía, convertirnos en un matrimonio mayor. Envejecer, no mucho, unos 30 años. El número justo que nos alejase lo suficiente de la realidad actual.

Jugar a ser nosotros.

A ser otros yo.

Como es habitual, me enfundé el guion de manera estricta.

Encorvar la espalda, blanquear el pelo, agudizar el lenguaje.

Perder un poco el oído. La noción del tiempo también.

En apenas diez minutos me convertí en otra versión de mí mismo, esa versión a la que todos temen y que siempre parece estar demasiado lejos.

Los pantalones, más cerca de la axila que de la cintura, me violaban la entrepierna, y las arrugas habían dado un resultado tan realista que por un instante el futuro me miró desde el espejo en forma de trailer promocional.

El teaser que nadie quiere.

Fueron pocas las personas que me reconocieron al primer vistazo.

Insisto en lo auténtico de la escena.

Hacia mitad de noche yo ya había llegado al extremo de mi personaje. Hacía las cuentas con un bolígrafo bic en trozos de papel, fingía quedarme dormido sobre la barra, incluso saqué a mi pareja a echar un agarrao en mitad del bar.

Lo nuestro era otra cosa.

Lo nuestro, iba para Goya.

Sucedió de pronto. No lo vi venir.

Un hombre con el pelo blanco cortado como el mío, con las gafas de pasta negras como las mías, con la rebequita color gris como la mía, se acercó a la barra. Me tembló un poco la mano al servirle el vino. Como si me tropezase con el yo alternativo de otra línea temporal. Se me estremeció todo el pelo del pecho. Los 24 pelos que tengo.

- Te admiro mucho- me dijo. – Aguantar a nuestra edad con estos trajines nocturnos-.

Yo seguía con la espalda en forma de C. Porque la representación hay que llevarla hasta que el día llega al final.

- Sí home sí, la vida del autónomo, que nunca termina- le respondí sin explicarle cuál era la realidad.

La mañana siguiente me miré al espejo mientras todo el atrezzo desparramado por la pileta me pedía en silencio que lo guardase en el baúl

Quizás fui testigo de mi propio futuro.

El dolor de espalda por hacer la C me acompañó algunos días más.

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