Jorge Vázquez
SENDA 0011
Lo que no se cuenta en el escenario
Nuestras sociedades, tan avanzadas, ricas y acomodadas, han olvidado de dónde viene este bienestar del que gozamos. Nos hemos acostumbrado a vivir como si la realidad fuese un decorado. Todo parece limpio, abstracto, casi inmaterial. La economía se convierte en una conversación de expertos sobre tipos de interés, deuda, déficit, algoritmos o inteligencia artificial como si la prosperidad brotara de las pantallas y no del mundo físico real. Pero basta una sacudida seria en Ucrania o en Oriente Medio para que se desvanezca la ilusión y reaparezca una verdad incuestionable: la civilización sigue teniendo cimientos materiales y, cuando esos cimientos tiemblan, lo sentimos con la intensidad que nunca debimos olvidar.
Eso es, en el fondo, lo que nos están recordando las advertencias recientes sobre el efecto de la guerra en los precios y el crecimiento. No se trata solo de una perturbación lejana, de un sobresalto geopolítico para consumo de tertulianos. Se trata de algo mucho más cercano y mucho menos retórico. Cuando se encarece la energía, no sube únicamente el carburante del coche o la factura del gas. Sube el coste de producir, de mover, de conservar, de transformar y de distribuir. Sube, en otras palabras, el coste de sostener la vida ordinaria de una sociedad compleja. Sube todo, en todos sitios. Es inevitable.
Nos gusta hablar de la energía como si fuera un sector específico, casi un compartimento técnico reservado al ministerio, a reguladores y a gente muy lista con gafas. Es un error de concepto, y bastante grave. La energía no es una rama más de la economía. Es el sustrato de toda la economía. Está en el campo y en la fábrica, en la obra y en el supermercado, en el camión frigorífico y en el centro de datos. Está en el microondas de tu cocina, en el avión que te lleva de vacaciones, en los invernaderos de tomates, en tu Netflix y en la cinta donde corres en el gimnasio. Está donde se ve y, sobre todo, donde no se ve. Por eso las crisis energéticas son tan perversas. Porque se deslizan por todos los poros de la economía y terminan en el ticket de compra.
Cuando una civilización empieza a olvidar de qué está hecha, suele acabar recordándolo de la manera más desagradable, en la gasolinera o delante del carro de la compra
Vaclav Smil lleva años insistiendo en una idea que convendría grabar en la puerta de muchos ministerios. La civilización moderna descansa sobre cuatro grandes pilares materiales: acero, cemento, plásticos y amoníaco. Cuatro palabras poco seductoras, desde luego. Ninguna sirve para hacer política inmoral en busca de votos. Pero sin ellas no habría puentes, ni viviendas, ni hospitales, ni carreteras, ni puertos, ni maquinaria, ni envases, ni agricultura capaz de alimentar a miles de millones de personas. Son las piezas de lego sobre las que se construye la prosperidad.
La cuestión decisiva es que esos cuatro pilares siguen dependiendo, de un modo directo o indirecto, de los combustibles fósiles. A veces como fuente de energía. A veces como materia prima. A veces como ambas cosas a la vez. El acero necesita procesos intensivos en energía y, en gran parte del mundo, sigue vinculado al carbón coquizable. El cemento exige calor industrial a gran escala y arrastra además emisiones ligadas a su propia química. Los plásticos nacen de derivados de hidrocarburos. Y el amoníaco, base de los fertilizantes nitrogenados, está íntimamente ligado al gas natural. Se puede fantasear todo lo que se quiera con una transición energética rápida, limpia, barata y sin fricciones. La realidad, sin embargo, no entiende de fantasías.
Donde mejor se aprecia esta verdad es en algo tan humilde como un tomate. A simple vista, un tomate parece la cosa menos geopolítica del mundo. Uno lo ve en la frutería y piensa en huerta, sol y regadío. Pero un tomate moderno lleva detrás bastante más mundo del que parece. Lleva fertilizantes nitrogenados. Lleva plásticos de invernadero, tuberías, embalajes. Lleva combustible en la maquinaria agrícola y en el transporte. Lleva refrigeración, logística, almacenamiento. Lleva una cadena entera de procesos industriales sin la cual no existiría esa abundancia de alimentos que hemos terminado por considerar un derecho natural. Hay algo casi cómico en nuestra ingenuidad. Queremos comida abundante, barata, disponible todo el año y presentada con pulcritud impecable en la estantería de un supermercado, pero fingimos sorpresa cuando una crisis energética amenaza nuestra realidad. Romantizamos todo. Así nos va.
Por eso resulta tan pueril escuchar a algunos responsables públicos hablar como si España pudiera contemplar estas convulsiones desde una posición de privilegiado aislamiento. Como si viviéramos en una burbuja de cristal que nos libra de sufrir los envites de la geopolítica internacional. Es cierto que nuestro país tiene algunos elementos favorables en su sistema energético. También es verdad que no todos los países europeos soportan los mismos riesgos con la misma intensidad. Pero una cosa es reconocer ventajas relativas y otra muy distinta vender inmunidades imaginarias. España no vive fuera del mercado mundial. El petróleo no pregunta en la aduana por la propaganda oficial antes de fijar su precio.
Tal vez el rasgo más llamativo de nuestra época sea esta tendencia a despreciar aquello mismo que la sostiene. Hablamos con entusiasmo de digitalización, de inteligencia artificial, de soberanía tecnológica, de economía del conocimiento. Muy bien. Pero nada de eso flota en el aire. La nube, por usar una metáfora muy del gusto contemporáneo, pesa una barbaridad. Pesa en acero, en cemento, en cables, en plásticos, en refrigeración, en consumo eléctrico, en infraestructuras físicas y en cadenas de suministro. También el mundo más refinado necesita calor, materiales, transporte y química. También el futuro depende de cosas muy antiguas.
Quizá la lección de esta crisis no sea que el petróleo siga siendo importante. Eso, en realidad, nunca dejó de ser verdad. La lección más incómoda es otra. Nos habíamos acostumbrado a fingir que ya no importaba. Y cuando una civilización empieza a olvidar de qué está hecha, suele acabar recordándolo de la manera más desagradable. En la gasolinera o delante del carro de la compra.
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