Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
HISTORIAS INCREÍBLES
Con esa técnica maternal de “échame tu aliento”, tan sencilla y eficaz, logran las madres saber un montón de cosas. No les hace falta pregunta alguna pues siempre es evidente. Suponemos que detectará el olor a tabaco, el aroma dulzón del cubata, pero qué va, sólo está cerca de ti para mirarte por dentro. Que las madres son muy dadas a mirarnos con aquella mirada circunfleja para vernos las preocupaciones y los miedos.
“El Señor exhaló sobre ellos su aliento y les dijo: recibid el Espíritu Santo”.
Me parece precioso. El Señor como un adolescente echa sobre la iglesia su aliento.
Me gusta pensar que el Señor, hecha una introspección, una reflexión, una mirada interior, un estudio de sus emociones, una meditación, una autoevaluación, encuentra que el propio Espíritu nos va a ser el regalo más valioso. Hecha una abstracción sobre sí, nos entrega el agradabilísimo aroma que ocultaba dentro. En numerosas ocasiones nos ha hablado de que el Padre y Él vendrán al interior de quien así lo desea. Los antiguos hicieron famosa una frase que nació teológica y que ahora hemos vulgarizado: no hay dos sin tres. El amor del Hijo al Padre y del Padre al Hijo, que es eterno y constante, está haciendo vívido el Espíritu Santo. Ese espíritu nos inhabita la habitación vacía y solitaria del propio pecho.
Sólo el viento se hizo impetuoso y rasgó el cielo y la cortina del templo: aquel día en el que se entregó en favor nuestro.
Jesús sopló sobre ellos. Él había aprendido de ellos, pescadores de mayor o menor fortuna lo que significa cuando sopla el viento y empleó el símbolo que ellos sabían y entendían. Sabían que la Tramontana era el viento del norte, el Levante lo era del este, el Ostro el viento del sur…y conocedores de vientos vieron y oyeron el viento de Cristo que aleteaba por encima del caos y del abismo y de la confusión, como decía el Génesis, que traía orden y concierto, para impulsar esa patera que es la iglesia y llevarla a buen puerto.
Aunque el Espíritu es pues esencial, sin embargo, es olvidado con frecuencia o en tal caso citado a la carrera. Siempre he interpretado que en el credo niceno se dice que habló por los profetas y lo hace en la iglesia. Reconocer que habla en la iglesia es, me parece, importantísimo. En la actualidad se corta, me parece, el discurso y se añade un “creo” antes de “iglesia” que puede cambiar el sentido del texto. Que creer en la pobre sin el Espíritu ya me dirá usted. Desconozco si es un error verbal que se ha hecho tradicional o si es un apunte mío, carente de rigor. Los textos han de ser tratados con la minuciosidad del orfebre, de la que seguro que carezco.
Comprendo que los humanos que somos tan dados al ruido, apenas si nos enteramos de ese viento suave que viene siendo su actuación habitual. Suponemos que Dios irrumpirá poderoso piafando como un potro. Pero suele esconderse en la suavidad del silencio. Cuando Elías esperaba la manifestación de Dios en el monte Horeb, resulta que Dios no estaba en el torbellino sino en la suave brisa.
Sólo el viento se hizo impetuoso y rasgó el cielo y la cortina del templo: aquel día en el que se entregó en favor nuestro.
Échanos, Señor, tu aliento.
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