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Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), reciente Premio Nacional de las Letras, es uno de nuestros autores más atípicos, menos previsible: un raro. Esa excepcionalidad lo hace atractivo; un encantamiento que la sucesión de sus libros no agota. Vila-Matas está siempre de paso, quizá porque sus temas no son los comunes: la polémica política, los odios, el presente ruidoso y urgente. Su universo se enfoca en la literatura, la propia y, sobre todo, la de los otros. La entrada al club de autores a los que Vila-Matas presta atención no está al alcance de cualquiera. A su mesa de trabajo o a la misma almohada de sus sueños, se acercan Montaigne, Pessoa, Walser o Bolaño. Gente esquinada, que hizo de la escritura un oficio inseparable de sus vidas; modelos que el propio autor de “El viento ligero en Parma” encarna con lógica complicidad.
Tomen nota aquellos que aguardan por la inspiración en los bares. Vila-Matas es un inteligente tranquilo, pausado, pero inexorable, que quizá entendió que la dimensión de su esfuerzo requería del lubricante del humor y la diversión para hacerlo soportable.
Porque a Vila-Matas, pese a la edad que proyecta la fecha de su nacimiento, lo seguimos imaginando como un niño grande enamorado de los libros, las novelas, y aquella reverencial admiración por Cervantes. La conversación con él es un continuo fluir de citas, anécdotas con otros escritores o con los libros que escribieron, tejiendo el hilo argumental de sus propias y ordenadas ideas. Él cita con frecuencia la frase atribuida a Einstein, “la creatividad es la inteligencia divirtiéndose”, y en ella se concreta la esencia de su propia circunstancia.
La escritura del autor de “Dietario voluble” es un esfuerzo sostenido por abrir una nueva senda en el bosque de la literatura, un camino propio que desecha los otros, fáciles, ya trazados. El tiempo invertido y la hondura reflexiva a la que es preciso llegar para decir las cosas y el modo en que uno aspira a hacerlo, no es una inmersión de la que se salga indemne. La inteligencia aplicada a esta indagación creativa no viene necesariamente de serie ni se encuentra en las baqueteadas buhardillas de París. “El fracaso es un estado positivo para el artista, ya que se ve obligado a persistir, a seguir trabajando”, tomen nota aquellos que aguardan por la inspiración en los bares. Vila-Matas es un inteligente tranquilo, pausado, pero inexorable, que quizá entendió que la dimensión de su esfuerzo requería del lubricante del humor y la diversión para hacerlo soportable.
Como buen raro, y clásico, el componedor de “Una vida absolutamente maravillosa” sigue siendo un autor para aficionados a la literatura, para hombres y mujeres lectoras que rebuscan en los anaqueles situados lejos de las mesas de novedades. Su pensamiento complejo, en consecuencia, está reñido con los asertos contundentes con los que hoy despachamos los asuntos más graves. Como él ha recordado: “Los grandes escritores, aquellos que innovan o arriesgan, no complacen a todo el mundo”.
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