José Luis Gómez
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Qué bien se lo pasaba abriendo sus ojos como platos o como los de un mochuelo, esos pájaros tan guapos que tienen la cabezota gorda y son marrones, grises y blancos. Esos pajarotes que siempre parecen unos señores un poco pasmados. Y le miraba y miraba y se decía a sí mismo o a sus amigos: es mi padre.
Mu, como cualquier chico admiraba a su padre. Su padre no era un señor cualquiera, sino un señor vestido de verde, entrañable, gordezuelo y con bigote.
Le contaba cosas extraordinarias sobre la vida de los pájaros, de los roedores, de los insectos. Era capaz de hacerle pensar que un rio no lo era sino un papel de plata de los que envolvían el chocolate. Otro día se ponía a explicarle la vida de los habitantes de aquel pueblo mojado al que llamaron mar, que era sólo agua en la que habitaban los peces, las conchas más brillantes, la mayor diversidad, los moluscos y las algas.
Mu, hacía bien poco que había entrado en la vida de los humanos. Era un niño, es decir un vaso de cristal transparente en el que caben aún todos los sueños y las cosas imposibles. Le parecía a él que tenía mucha suerte de conocer el mundo a través de aquel maravilloso hombre que tenía un tricornio negro y brillante.
Algunos días se iba su padre. Lo sabía porque observaba cómo se vestía la sahariana, cómo se ponía los correajes, o cómo apretaba el barbuquejo aquella mañana. Su madre le preparaba el bocadillo y se lo envolvía en un papel de periódico, es decir en ese papel que le decían, llevaba las palabras.
Cuando se iba daba un beso a su madre, a su hermana y a él le daba uno especial que se lo explotaba en los mofletes de la cara. Se ponía Mu un poco triste porque quería tenerlos a todos, siempre juntos, su mamá, su papá, e incluso a su hermana que le hacía rabiar cuando le escondía los caramelos detrás de aquella lata. Queriéndose mucho como en las radionovelas que se escuchaban más o menos a las cuatro de la tarde o los jueves por la mañana.
Le dijo su madre que se iba ayudar a la gente que lo necesitaba. Que, si era bueno y estudiaba el libro de aprender a leer sin cansarse ni nada, su padre le traería de regalo “pan de los pajaritos” como acostumbraba.
Luego, claro, fue creciendo Mu y se leyó con ahínco aquella Cartilla que le gustaba para aprender a ser guardia: “El guardia civil, como soldado, es ajeno a toda responsabilidad cuando haya cumplido correcta y fielmente las órdenes de sus jefes” (redactada por el cuque de Ahumada en 1845).
Le pareció muy importante pero más aún aquella máxima humanista que siempre oía en casa: “Odia el delito, pero compadécete del delincuente”. Entendió, pues ya no era un crío, que era importante entender las raíces del comportamiento. Por ello no ha de verse a nadie como hacedor de los peores actos, sino como capaz de rehabilitarse.
Siempre pensó Mu que los años corren como lo hacen las lagartijas en las paredes de la plaza. Así ocurrió que un día no volvió el hombre vestido de verde, los pájaros no le trajeron nada. Le vio desvencijado como una barca varada en la arena de la playa.
Lloró como cuando niño y supuso que se había ido al Cielo, ese de la Pilarica, ese al que van los guardias. A todos los que se fueron durante estos 182 años. Con afecto.
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