La vivienda, la religión y el Imperio Romano

PENSAR POR PENSAR

Publicado: 17 jul 2026 - 00:15
Opinión en La Región
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El artículo 47 de la Constitución es un enunciado fantasma a juzgar por el nulo desarrollo del mismo. La falta de viviendas y la especulación sobre el hábitat, disparado en las tres últimas décadas por el nuevo liberalismo, han generado el caos y descontento presentes. Vivir bajo techo parece un callejón sin salida socialmente peligroso. Si los alcaldes, consejeros y ministros de urbanismo hubieran estudiado la historia humana con el debido aprovechamiento el artículo constitucional sería su bandera. Pero no. Doña Casimira de Haro, mi admirada profesora de Geografía e Historia, sostenía que la caída del Imperio Romano fue consecuencia de la falta de viviendas en Roma. A mediados del siglo V, la ciudad había superado el millón de habitantes y las edificaciones estaban en manos de grandes tenedores -senadores, cónsules, políticos corruptos, centuriones premiados y similares-, el pueblo vivía de alquiler y el pan y circo no colmaba sus necesidades. Cesadas las guerras imperiales los ricos acapararon el dinero, se disparó la inflación, subieron los impuestos y la inestabilidad política -bulos y crímenes incluidos- triunfó. Así firmaron el final del Imperio Romano de Occidente. ¿Les suena esta película?

Sin embargo, para don Aquilino Rivero, sacerdote mujeriego, simpático, divertido y mi dogmático profesor de Religión, Roma cayó como consecuencia de la falta de fe, la abundancia de bacanales del Gobierno y las perversiones sexuales, como ha mantenido con interés la Iglesia desde la Edad Media. En realidad, por aquellas calendas el Imperio ya era católico ferviente y Odoacro, bárbaro hérulo, que depuso al último emperador, Rómulo Augústulo, era cristiano arriano y supo conchabarse con los papas san Simplicio y san Félix III. El asunto del tráfico sexual estaba bastante bien regulado, no como acontece en nuestros días, y apenas sí tenía desprecio social. No obstante, da la impresión de que religiosos de nuestra actualidad, como Javier Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal de España, mantienen su pensamiento en la línea medieval de don Aquilino e, incluso, se permiten insultar al Gobierno democrático confundiendo la religión con la política partidista. El reino de Jesucristo no es de este mundo, pero sus sucesores no parecen aceptarlo.

Volviendo al Imperio Romano y al reflejo en el presente, debo darle entrada a un tercer personaje. A mi profesor de Filosofía don Dámaso Rodríguez, conocido boxeador en su juventud. Él no concordaba ni con doña Casimira ni con don Aquilino. Aseguraba que la caída de Roma fue consecuencia de la decadencia cultural, de la anulación de la enseñanza pública y, por tanto, de la incompetencia de los dirigentes sin visión de futuro. Es posible. Incluso se atrevió a predecir que el imperio americano de los EEUU (los romanos del siglo XX) alcanzaría el mismo nivel de inoperancia y estupidez en pocas décadas. Escuchando y viendo a tipos como Trump, la proyección de don Dámaso parece que fue acertada.

No sé si estos tres asuntos de trepidante actualidad son síntomas del final del imperio de la democracia, nacional e internacional. No sé si estamos repitiendo los errores históricos por millonésima vez pero, ciertamente, para mejorar el progreso de la Humanidad de nada valen los avances tecnológicos y científicos que contribuyen al enriquecimiento personal de algunos privilegiados mientras la ignorancia aumenta, las clases medias caen y los no pudientes, además de ser manipulados por la fe, se empobrecen hasta no disponer de un techo donde guarnecerse al tiempo que la publicidad les oferta un imperio de felicidad frustrante.

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