Xaime Calviño
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Con una de sus grandes obras de la serie “PER turbacións” entra Villamide en la Galería Marisa Marimón, una declaración de intenciones en el inicio de su relación con la galerista. Es una carta de presentación de dos metros de longitud, realizada con hierro cor-ten al que añade esmalte y cemento, con la que José Manuel Pérez Villamide, “Christian” (Lugo, 1966), expresa desde una pieza en desarrollo vertical añadida esa perturbación que pretende alterar el equilibrio de la elaborada pieza con cantos amarillos. Es algo así como el extraño monolito de 2001: una odisea del espacio, la conocida película de Stanley Kubrick, 1968. Otra perturbación. En otra obra trabaja la desde la secuenciación rítmica de las superficies de seis piezas, añadiendo espejos, y un canto de color amarillo. Es el volumen y su reflejo, que prolonga el efecto al multiplicar las caras. En la tercera, por sobrenombre Dánae, quiere llevarnos hasta el mito griego, si bien la ausencia del preceptivo tono dorado de Zeus se exprese en potencia más que en acto; lo que no obsta para ver en ella un bello símbolo de la fuerza imperiosa del fatum, o destino...
Esta obra debe ser tomada como una transición hacia otra serie, Atrezo-Territorio, también datada en 2019, como aquella, en la que el artista desarrolla más perturbaciones, centrándose ahora en un plano más pictórico. En efecto, desde planos topográficos de parcelas de la parroquia de San Paio de Buscás, en el municipio coruñés de Ordes, Villamide añade amplios campos monocromos triangulares de intenso color verde e intensas líneas negras de construcciones. Es un discurso narrativo alusivo directamente a un sentir dramático con las parcelas y sus lindes en el aparcelamiento transformativo de las antiguas estructuras agrarias del ámbito rural, proceso intensificado en el último tercio del pasado siglo. Son estas capas el dedo en la llaga de una realidad a la que es sensible desde la pérdida, tomando partido con los contrastes, sin obviar la búsqueda de la belleza. Trae aquí una representación de la serie de doce obras, de las que cuelga tres en galería, aunque no se vea la inferior, al apoyar en ella otras desde el suelo, como al acaso, imagen de un devenir. A ellas añade otras dos en la post-galería, visibles desde la entrada. Es, en palabras de Sara Donoso, curadora de Christian en esta sólida y maestra puesta en escena ourensana, una obra la suya que “actúa entre la crítica y el contrapunto, cultiva las tensiones intermedias entre lo alucinado del espacio natural y su resquebrajamiento, que supura como una herida sometida a un proceso de dominación constante”.
Son estas tres obras realizadas expresamente para esta muestra, una propuesta de reformulación de los caminos anteriores, pasos primeros de un camino que aquí comienzan a balbucear un lenguaje más rico como el de las armonías barrocas en comparación con las renacentistas. Comparten el vocabulario de PER turbaciones al que vuelve desde el color, metacrilatos y esmalte, añadiendo vistosas retículas geométricas, con mucho desarrollo de lo decorativo en el cor-ten. Esto es lo diferencial, y el concepto de bloque. El mármol pone el contrapunto, mas la feracidad de la tierra se abre paso, orgullosa, sobre el artificio.
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