Felicidad sin etiqueta

Publicado: 09 ene 2025 - 00:51

Los besos que planta una señora vestida de paño caro y corte fino al encontrarse con una amiga que tampoco tiene aspecto de correr en las rebajas resuenan en la cafetería como un aplauso. Un momento pijo, desdeña el radar de la columna dejándose llevar por las apariencias. Por el ventanal del Hemingway que da a la Marina de A Coruña pasa José Manuel Romay Beccaría. No falla en el paseíto, mañana y tarde, con una puntualidad que pone los relojes en hora, como sucedía con Kant. En diez días llegará a los 91 años.

La amiga de la amiga ha seguido la conversación sentada, con gesto de interés pero a una mesa de distancia. Las tres mujeres visten sobre los 60 años

La mirada se va detrás del caminar combado, pero decidido del mentor de Núñez Feijóo, el referente del PP al que acudió Mariano Rajoy para abrir las ventanas de Génova cuando estalló el caso Gürtel, además de presidir el Consejo de Estado entre 2012 y 2018, tras haber sido conselleiro con Fraga y ministro con Aznar. Un hombre de partido, el partido.

La oreja regresa de la ventana. “Soy tan feliz ahora cuidando a mis viejiños”, acaba de comentar la señora recién llegada. El interés pide otro café. “Yo sabes que soy pedagoga, no me arrepiento de haber dado el paso. Los visto igual que en la tienda, a ellas les pinto las uñas y las peino”, añade antes soltar dos sonoros besos y dirigirse hacia la mesa que ocupa la pandilla con la que ha quedado. La amiga de la amiga ha seguido la conversación sentada, con gesto de interés pero a una mesa de distancia. Las tres mujeres visten sobre los 60 años. “Cuenta”, le pide al sentarse como si le esperase un folio por armar y se hubiese entretenido con el metrónomo del birrete .

Contó que la amiga de alegría desbordante curraba en una de las tiendas más elitistas de A Coruña. “No había dependienta como ella. Llevaba una agenda de cada cliente, se estudiaba las colecciones y llamaba cuando le llegaba una prenda que creía que podía encajar. Acertaba incluso cuando proponía algo más arriesgado. Muchas clientas han sentido que lo dejase, pero es feliz trabajando en una residencia de ancianos”. La colega se quedó tan perpleja como en la mesa de al lado. “Me puedo imaginar cómo tiene a sus viejiños”, comentó después de repasar con disimulo la elegante vestimenta de la aludida. “Me ha dicho que llama a la familia como hacía en la tienda”. Felicidad sin etiqueta.

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