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REFUGIADOS DE GUERRA
Dos días y dos noches estuvo esperando Ángela junto a su marido y sus cuatro hijos para poder subirse al autobús que les ayudaría a “vivir tranquilos”. Ese era su único objetivo cuando la guerra les despojó de su sustento, de sus propiedades e incluso de sus sentimientos, obligados a vivir bajo un insistente estado de alarma. “Nosotros teníamos una granja de cerdos, pero con la guerra nadie nos los compraba. La guerra me quitó mi piso, mi dinero, mi ropa, y me dejó sin nada”, detalla la ucraniana, que vio en marchar la única posibilidad de “volver a vivir”. Junto a su familia, se trasladó a Castro Caldelas a pesar de las críticas de quien ella consideraba amigos, que la acusaron de abandonar a los suyos por “una vida mejor”.
Tampoco fue fácil para sus hijos, que tuvieron que dejar atrás sus relaciones ante la presión del horror. “Mi hija me decía que le quería romper la vida, pero ella no entendía que yo lo que quería era asegurarle un mañana que allí no teníamos”, reconoce Ángela, quien confiesa aliviada que sus hijos ya se han adaptado mejor, aunque con pequeñas dificultades. Con trabajos, un hogar, y unos hijos volcados en estudiar, no ve motivo para volver el día de mañana al que fue su país, puesto que en el fondo, siente que ahora será más fácil aquí: “En Ucrania la gente vive más nerviosa, más enfadada… No quiero ese futuro para mis hijos, no quiero que vuelvan a perder tiempo en adaptarse”.
Quienes la acusaron en un principio, quieren ahora seguir sus pasos, y reconocen que la de Ángela es “una guerra, pero de corazón”.
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