Ourense no tempo | Oficios del pasado: vendedor de entradas
LEMBRANZAS
Rafael Salgado ofrece otro viaje a través de los años con una nueva edición de Ourense no Tempo
Es una realidad incontestable que antes no existían las redes sociales ni los teléfonos inteligentes. Sin embargo, nuestros mayores se las ingeniaban para dar soluciones creativas a los problemas cotidianos de la época. Hoy en día, comprar una entrada para un concierto, una obra de teatro o una sesión cinematográfica es un acto mecánico que casi solo concebimos a través de una página web o una aplicación móvil. Los cines de estreno, cada vez con mayor frecuencia, centralizan sus ventas en internet, aunque de momento mantienen las taquillas. Si acaso, los estadios de fútbol es donde más necesarias son y aún conservan la clásica taquilla, donde aún es habitual ver colas de aficionados los domingos por la tarde aguardando su turno horas antes del pitido inicial.
Hubo un tiempo en que la única opción aparente para asegurar un asiento en los eventos era armarse de paciencia y hacer una larga fila ante la ventanilla. ¿O tal vez no era la única vía? La historia de Ourense nos demuestra que la necesidad y la picaresca bien entendida dieron origen a un oficio hoy extinto: el vendedor callejero y comisionista de localidades.
Para comprender la evolución de esta actividad, es de justicia rescatar aquellos nombres propios que custodiaron los primeros talonarios de papel y matriz. El primer taquillero del que se tiene constancia en la memoria popular era el señor Pirús. Aunque el paso del tiempo ha difuminado los detalles exactos de su biografía, los registros del fútbol apuntan a que en la década de 1920, un jugador del Orense respondía a ese apodo, por lo que es muy probable que se tratase de la misma persona vinculada al club tras colgar las botas.
Posteriormente, la responsabilidad recayó en una figura harto conocida por los ourensanos de la época: don Juan Rego. Hombre polifacético que compaginaba diversas ocupaciones con una estrecha colaboración con el entramado deportivo y cultural de la ciudad. Don Juan, en ocasiones asistido por Adolfito (mi añorado amigo Adolfo Rego), gestionaba la venta de localidades no solo para el fútbol local —transitando por las distintas denominaciones de la entidad, como el Club Deportivo Orense, la Unión Deportiva Orensana o el Burgas—, sino también para algunos de los cines que amenizaban las tardes de la posguerra.
Los aficionados más veteranos quizás recuerden aquella pequeña caseta de madera instalada estratégicamente en la céntrica calle del Paseo, justo en la esquina del emblemático chalet de Losada. Aquella modesta construcción supuso una auténtica revolución para la comodidad de los ciudadanos. Allí podías adquirir tu entrada, sin la necesidad de desplazarte primero hasta el viejo campo Loña o, más tarde, a las modernas instalaciones del Estadio del Couto.
El siguiente paso natural en esta evolución urbana llegó cuando el club habilitó las taquillas en el propio recinto del Estadio del Couto. Allí continuó don Juan Rego durante años, despachando billetes. Cuando las fuerzas flaquearon y decidió retirarse, el testigo pasó a manos del señor Pereira. El último eslabón de esta cadena de taquilleros oficiales fue Marina, una mujer sumamente popular en el Ourense de la segunda mitad del siglo XX, ya que compaginaba esta labor dominical con la regencia de su conocido quiosco de prensa situado en la calle del Villar.
Sin embargo, me estoy guardando intencionadamente una última figura en la manga. Un personaje crucial en el paisaje urbano de aquel Ourense en blanco y negro que, a cambio de unos pocos reales o de la simple generosidad del comprador, era capaz de ahorrarte las incómodas colas bajo la lluvia gallega, los desplazamientos de última hora y la terrible incertidumbre de quedarte a las puertas del gran evento tras haberse colgado el cartel de “no hay billetes”; esto ocurría pocas veces, pero...
Antes de que este oficio se normalizara, existieron precedentes más informales. El más recordado era el gran Paco Madrid (lo de Paco es, en todos los sentidos, grande como persona y grande de tamaño). Paco realizaba una actividad que hoy rozaría la reventa, aunque en aquel contexto se entendía como un favor personal remunerado. Conseguía entradas bien ubicadas cuando eran numeradas y las reservaba en exclusiva para aquellos que él denominaba con orgullo sus “socios”. A cambio de asegurarles el acceso al partido o a la función cinematográfica, Paco les ganaba un buen extra económico bajo mano, operando siempre al filo de la estricta legalidad de la época.
La verdadera transformación y dignificación del oficio llegó en el año 1948 de la mano de Severino Pintos Salgado. Funcionario municipal y vecino del barrio del Couto, Severino era un hombre respetado que contaba con la absoluta confianza de la junta directiva del club de fútbol. Esa intachable reputación le abrió de par en par las puertas para oficializar la actividad que antes se hacía de tapadillo. Para ejercer su labor sin contratiempos, Severino obtuvo los permisos necesarios: las autorizaciones del club o de los promotores cuando se trataba de eventos deportivos —que iban desde el fútbol, hasta las veladas de boxeo, pasando por las corridas de toros— y el permiso del Concello de Ourense cuando el espectáculo consistía en los concurridos asalto baile del jardín del Posío u otras variedades artísticas locales.
A diferencia del método de Paco Madrid, el sistema de Severino era notablemente más ético y, a la postre, igual de rentable. Severino no imponía un recargo fijo sobre el precio de la entrada. Él se limitaba a ofrecer el servicio a pie de calle, y ganaba exclusivamente lo que la gente, de manera voluntaria y agradecida, le dejaba como propina o “voluntad”.
Para constatar que este servicio alternativo era un negocio próspero y demandado por la sociedad ourensana, basta señalar que, con el tiempo, la ciudad llegó a mantener a tres de estos vendedores autorizados operando simultáneamente: el propio Severino Pintos, su hermano José Pintos y un tercer personaje popularmente conocido como el Coruña.
La jornada de trabajo de estos hombres seguía un rito preciso. Lo normal era que, dos o tres horas antes del comienzo del evento, se dejaran ver por la calle del Paseo, siempre en las inmediaciones de la taquilla oficial que allí se ubicaba, captando a los rezagados o a aquellos que preferían evitar la aglomeración. No obstante, el verdadero corazón de su oficio latía en la hostelería local. Las cafeterías, tabernas y restaurantes más frecuentados del Ourense de la época constituían sus verdaderas oficinas comerciales. Los clientes habituales sabían perfectamente que podían encontrar a Severino o a sus compañeros entre las mesas y barras de establecimientos tan emblemáticos como el café La Regidora, el Coralín, el Recaredo, el Miño o en la zona de los vinos.
En las grandes ocasiones, cuando visitaba el Couto un rival de entidad o se programaba un espectáculo de enorme repercusión, el ritmo habitual de la ciudad se revolucionaba por completo. En esos días señalados, el vendedor callejero se convertía en la persona más buscada de Ourense. Era entonces cuando entraba en juego el arte de “tirar de libreta”. Con días de antelación, estos profesionales apuntaban los encargos de sus clientes fijos asegurando la entrada. En los últimos tiempos, cuando en el estadio se llegaban a abrir hasta cuatro taquillas, los vendedores se colocaban estratégicamente en la calle Ervedelo.
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