La nueva gramática de Adolfo Domínguez se escribe en color
CROMA
Color, deconstrucción y nuevas formas de entender la silueta protagonizan CROMA, la colección SS27 de la firma gallega.
Hay una parte de la moda que sucede mucho antes de que las luces de la pasarela se enciendan. Es la que transcurre entre percheros, fittings, cambios de última hora, hojas de looks, pruebas de estilismo y un backstage que funciona con la precisión de una maquinaria perfectamente coreografiada. El 14 de septiembre viví esa parte desde dentro, trabajando en la organización del desfile CROMA de Adolfo Domínguez para primavera-verano 2027 junto al equipo de estilismo y PR. Y precisamente por eso, cuando finalmente empezó el desfile, resultaba imposible mirar la colección únicamente como espectadora: detrás de cada look había una historia de trabajo que empezaba muchas horas antes.
CROMA parte de una premisa que encaja especialmente bien con el ADN experimental de Adolfo Domínguez: investigar el color para desmontar la manera convencional de entenderlo. La colección explora su dimensión científica, emocional y orgánica a través de una paleta que transita entre tonos naturales y acentos más vibrantes (lima, mandarina, rojo, amarillo mantequilla, menta o lila) y de una propuesta donde la materia adquiere tanto protagonismo como la propia silueta.
La colección juega, además, con la idea de deconstrucción. Los pañuelos dejan de ser un accesorio para convertirse en materia prima; los patchworks geométricos construyen nuevas superficies; los estampados fotográficos reproducen flores y paisajes y los bordados evocan la multiplicidad cromática de un caleidoscopio. Hay una voluntad evidente de experimentar con la construcción de la prenda sin perder esa naturalidad que forma parte del vocabulario de la casa desde sus orígenes. Una tensión entre lo orgánico y lo arquitectónico que se convierte en uno de los principales atractivos de CROMA.
Y es precisamente en los fittings donde todas esas ideas empiezan a adquirir una dimensión real. Trabajar junto al equipo de estilismo permite comprobar cómo una colección no llega terminada a la pasarela: se construye también sobre el cuerpo. Cada modelo, cada proporción, cada combinación de prendas y accesorios se prueba, se observa en movimiento y se vuelve a ajustar. Un look que sobre un perchero parece perfecto puede necesitar otra silueta cuando entra en escena; una prenda que parecía secundaria puede convertirse, al combinarla con otra, en uno de los momentos clave de la colección. Es ahí donde el estilismo deja de ser una cuestión puramente estética para convertirse en narrativa.
El backstage tiene su propio lenguaje. Los looks perfectamente ordenados, los cambios cronometrados, el casting entrando y saliendo de los fittings, maquillaje y peluquería trabajando a contrarreloj y un equipo pendiente de que cada salida responda a la visión creativa. Desde fuera, la pasarela parece espontánea. Desde dentro, sabes que cada detalle responde a una decisión.
Mientras tanto, desde PR sucede otro desfile paralelo. La recepción de medios e invitados, las acreditaciones, las primeras llegadas, las entrevistas, los fotógrafos, los perfiles de la industria y las caras conocidas que van ocupando sus asientos. El espacio comienza a transformarse a medida que llegan quienes van a interpretar y amplificar la colección después. Porque un desfile contemporáneo no termina cuando sale el último look: continúa en las imágenes, en las conversaciones, en los titulares y en la percepción que la industria construye alrededor de una propuesta.
Para esta puesta en escena, Adolfo Domínguez eligió el Invernadero del Palacio de Cristal de Arganzuela, un escenario especialmente coherente con la dimensión orgánica de CROMA. La arquitectura acristalada y la vegetación funcionaron como una extensión natural del imaginario de la colección, dejando que fueran las prendas, el color y el movimiento quienes construyeran el espectáculo.
Y entonces ocurre ese momento extraño que todos los que trabajamos en moda conocemos bien: después de semanas de preparación, todo sucede en cuestión de minutos. La música empieza. Las luces cambian. El primer look aparece. Y aquello que durante los fittings eran decisiones, pruebas y prendas sobre un perchero se convierte finalmente en una colección.
La aparición de Pablo Alborán, que debutó como modelo para Adolfo Domínguez y recorrió la pasarela en dos ocasiones, añadió además uno de los momentos más inesperados del desfile. Una elección que conectaba con esa voluntad de la firma de ampliar los códigos de la presentación de moda y generar conversación alrededor de la colección.
CROMA llega, además, en un momento especialmente significativo para la casa. Adolfo Domínguez celebra su 50 aniversario y, en lugar de mirar únicamente hacia su archivo, utiliza esta fecha para reivindicar algo mucho más interesante: que el legado también puede consistir en seguir experimentando. Medio siglo de historia no como una pieza de museo, sino como un punto de partida para continuar investigando nuevas formas, materiales y maneras de entender el vestir.
Después de vivir un desfile desde dentro, la perspectiva cambia. Entiendes que la pasarela es solo el último capítulo de un proceso mucho más complejo en el que cada persona, desde estilismo y producción hasta PR, casting, maquillaje, peluquería, comunicación y, por supuesto, los propios diseñadores, forma parte de una misma visión.
Y quizá esa sea la verdadera magia de un desfile: conseguir que toda esa complejidad desaparezca durante unos minutos. Que solo quede la ropa, el movimiento, la imagen y esa sensación tan difícil de fabricar de que todo estaba destinado a suceder exactamente así.
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