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EN EL CONGRESO
El papa León XIV criticó este lunes durante su discurso ante el Congreso de los Diputados la descalificación permanente del adversario y abogó por una justa delimitación del poder público. “Dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz”, aseguró en su discurso a la Cámara Baja, en el marco de su viaje a España. Es el primer papa que habla ante el Parlamento español.
A su vez, invitó a los diputados a “desarmar el lenguaje porque la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos, pueden iluminar la realidad o deformarla”, agregó. Además, sin confundir el plano jurídico con el moral, abogó por “una justa delimitación del poder público. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida”, subrayó.
El drama migratorio estuvo muy presente en las palabras que León XIV dirigió a la Cámara Baja: “El trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional y exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”. En este sentido, afirmó que de ahí nace una “doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”.
El papa lamentó el altísimo coste de esta realidad tantas veces escondida o ignorada y, ante las mafias que trafican con estas personas, reclamó fortalecer el rescate y la asistencia a las víctimas. A su vez, exigió una respuesta institucional “cercana, justa y coordinada en las fronteras para que dejen de ser lugares de abandono y se conviertan en espacios de protección responsable de la dignidad humana”.
Por otro lado, remarcó que “el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca” y, en este contexto, apuntó que “la paz se presenta como una aspiración política y como una verdadera exigencia moral”.
Según Prevost, la paz “reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia”.
Además, en el plano internacional, reclamó “valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo” y alertó de que “la guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar”. Así, llamó a redescubrir el valor indispensable del diálogo. “Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”, recalcó, al tiempo que criticó que se presente “el rearme como respuesta casi inevitable”.
También pidió una vigilancia de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial en el ámbito militar, en línea con su primera encíclica “Magnifica Humanitas”, recientemente publicada. Por otra parte, pidió tutelar jurídicamente “el sigilo sacramental de la confesión” como sucede de modo análogo en algunas profesiones con el fin de preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas como reconocen también las normas internacionales.
Durante su discurso, el más largo pronunciado hasta ahora por Prevost en su viaje a España (media hora), también hizo referencias a “El Quijote”, Unamuno y santa Teresa de Ávila, así como al patrón de España, Santiago, y a la Virgen del Pilar. Al finalizar su discurso recibió un aplauso de siete minutos.
Por otro lado, defendió que “la dignidad humana no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento” y denunció tanto el aborto como la eutanasia y la exclusión de las personas migrantes, haciendo alusión a la “cultura del descarte” que denunciaba su predecesor, el papa Francisco. “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”, defendió.
A su juicio, la “grandeza moral de una nación” se manifiesta “en su capacidad de proteger vidas que atraviesan mayor fragilidad”. “Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”, insistió.
Asimismo, defendió la familia como “primera escuela de humanidad, el decisivo papel de las instituciones educativas respetando el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”.
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