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Hace unas semanas subí desde el Sil por una de esas carreteras estrechas que van del río a los bancales y me crucé con dos remolques cargados de cajas vacías. Era mediados de agosto. Por aquí, agosto es el mes en el que la uva todavía está haciendo su trabajo y el nuestro empieza cuando refresca. Este año no. El 12 de agosto una bodega del Ribeiro cortó las primeras parcelas de godello, y detrás fueron la Ribeira Sacra y Valdeorras. La vendimia más temprana de la que hay memoria.
No hubo ninguna decisión valiente detrás. Hubo una primavera muy cálida, un junio que batió registros y una uva que llegó a su punto casi tres semanas antes de lo que marca la costumbre. El viticultor no eligió la fecha. Se la dio la uva. Su mérito fue estar mirando.
Escribí a mediados de agosto que septiembre se decide en agosto. Este año hasta la vendimia se ha decidido en agosto, y ahí hay algo que va bastante más allá del vino. Las empresas también tenemos nuestras vendimias. El cierre del cuatrimestre, la campaña de Navidad, la revisión de precios, la reunión en la que se aprueba el presupuesto del año siguiente. Casi todas tienen fecha heredada: se hacen cuando se han hecho siempre. Y el problema no es la fecha, que hay que poner alguna. El problema es que la fecha acaba sustituyendo a la observación. Miramos el calendario en lugar de mirar la uva.
Lo que ha pasado en el viñedo está pasando también en los mercados
Lo que ha pasado en el viñedo está pasando también en los mercados. Un cliente pregunta en marzo algo que el año pasado preguntaba en octubre. Un competidor cambia su discurso antes de tiempo. Un candidato rechaza una oferta por un motivo que hace dos años no existía. Son señales de madurez, no de calendario, y llegan cuando les da la gana. Quien las lee mueve ficha tres semanas antes. Quien espera a la fecha de siempre hace exactamente el mismo trabajo, con la misma calidad, y recoge peor.
Leer la madurez no consiste en montar otro cuadro de mando. Los indicadores cuentan lo que ya ha pasado y para eso están bien. La uva no se mide en la oficina. Se mide pisando la finca, hablando con quien atiende al cliente cada día, escuchando al comercial que vuelve diciendo que le preguntan cosas raras. Esa información existe siempre, pero llega en forma de comentario y no de informe, y por eso se queda por el camino.
Hay otra cosa que enseña la vendimia. En las denominaciones se fija una fecha de inicio para proteger la calidad de la cosecha, una regla sensata nacida de muchos años de experiencia. Cuando el clima cambia el ciclo, esa misma regla se convierte en un corsé y hay que moverla. Los procesos de una empresa envejecen igual: nacen para proteger algo real y llega un día en el que ya sólo protegen a la costumbre que los creó. No conozco ninguna organización que revise sus normas con la alegría con la que las escribe.
No estoy defendiendo la prisa. Vendimiar antes de tiempo da uva verde y vino corto, y en una empresa ocurre lo mismo: hay proyectos que se presentan sin estar y decisiones que se toman por ansiedad y no por criterio. Adelantarse por sistema no es leer el momento, es otra manera de no mirar.
Y conviene decir una cosa del viticultor que adelanta la vendimia: no improvisa. Lleva semanas pisando la viña, midiendo grado y acidez, probando uva. Cuando decide cortar tres semanas antes, esa decisión tiene detrás un método aburrido, constante y sin ninguna épica que nadie fotografía. La capacidad de adelantarse no se compra el día en que hace falta. Se construye en las semanas en las que aparentemente no pasa nada.
El ejercicio de esta semana es sencillo. Coja las cuatro o cinco decisiones importantes que su empresa va a tomar de aquí a diciembre y pregúntese, una a una, si se toman en esa fecha porque es el momento o porque es cuando se toman siempre. Y luego una segunda pregunta, bastante más incómoda: quién mide en su casa el equivalente al grado y la acidez. Quién está en la viña y no en la sala de reuniones.
La uva de este año llegó tres semanas antes y quien estaba mirando la recogió en su punto. El resto tenía la fecha bien apuntada.
El calendario lo escribimos nosotros. La madurez, no.
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