Carlos Risco
LOS ASUNTOS IMPORTANTES
Sobre el asombro
LOS ASUNTOS IMPORTANTES
Hay que volverse pequeño para saber que la vida es grande. Ventilar los aires ufanos que soplan en estos tiempos ufanos. Y, sobre todo, recordar que cada uno de nosotros no es un ciudadano tributable, sino una colectividad microscópica, una galaxia de microorganismos desconocidos e inteligentes. De poco sirven el telescopio y el aumento atómico desde la arrogancia tecnicista. La verdadera emoción no está en demostrar, sino en el hambre de mundo de saberse bajo el firmamento o en atender a la herida que se cierra convirtiendo la sangre en postilla y la postilla en piel.
Maravillarse ante la vida y sentir el regalo de estar aquí tendría que ser nuestra gran tarea, cada día. No hay alabanza suficiente para el fuelle pulmonar autónomo en el que se anclan nuestros pequeños pensamientos, ni para los sueños que cruzan el inconsciente mientras dormimos, con el gato a los pies, y que son mensajes velados de la vida y la muerte. Tampoco para el sol al que se regresa (somos nosotros los que vamos hacia él subidos en este pedrolo mágico) ni al agua siempre viva que antes fue lluvia y antepasado y viene riente desde la panza de la montaña. Antes del primer café debemos regresar a la fortuna de transportar la vida humana en este trocito de luz entre tinieblas, ser el fuego encendido que encenderá otros fuegos antes del apagamiento. Ahí nacen las ganas de vivir, en la sorpresa por estar vivo.
El espíritu asombrado es aquel que ha descubierto un territorio extraordinario del que no querría salir nunca. Un lugar al que se accede sólo a ratos, cuando alcanzamos una cierta despreocupación y vagabundeo.
El asombro empieza siempre en el corazón y se lo hace saber al resto del cuerpo. Los ojos se hacen grandes y quieren llenarse de realidad, las cejas se arquean para que entre luz en el pecho, la boca se queda abierta, porque el resto del cuerpo se entrega al instante de magia: la avispa que entra en el higo maduro, el pu-pu-pú anunciante de la abubilla, la lluvia fecundadora que pone todo en marcha otra vez. No hay lugar mejor para el espíritu que este existir inflamado, como cuando éramos niños. Hay que regresar, porque al asombro se regresa, y la manera de hacerlo es soltar la seriedad adulta, escapar de la soberbia de esta civilización que lo da todo por hecho y enciende las luces para no ver las estrellas. Hay que tomarse en serio el estado de sorpresa, el candor de corazón y friccionar los mecanismos secretos para estar blandos y ver la vida como si sucediera por primera vez, que es como en realidad sucede.
El espíritu asombrado es aquel que ha descubierto un territorio extraordinario del que no querría salir nunca. Un lugar al que se accede sólo a ratos, cuando alcanzamos una cierta despreocupación y vagabundeo. Esto sucede mejor en soledad, porque la compañía con el otro modela la comunicación y hace pasar la vida por otros mecanismos que transforman esa magia única del aire contemplado desde el ensimismamiento. Vayamos pues hacia el asombro, en pequeñas rutinas solitarias, sin otra ambición que la de olvidar toda ambición, sentir el peso del cuerpo sobre el suelo crujiente y aceptar lo que venga tal y como viene.
Asombrarse es escuchar la vida. Celebrar la mismidad del universo. Sabernos partículas divinas en flotación cósmica, preparados para soltar un lagrimón si la mirada se cruza con el grillo o el bosque nos acoge desde su red micelar. Asombrarse es saberse uno con el mundo, regresar a la totalidad emocionada. Hagamos medicina el gritar en el túnel, el hablar con las piedras, el bailecito loco cuando nadie mira. Esta es la mejor manera de existir, al menos un trocito de cada día irrepetible.
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