EN LA RED
Cuando la IA ocupa la silla vacía
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No conviene burlarse de quien habla con una inteligencia artificial. Y tendemos a hacerlo de la misma manera que decimos: ¿Estás deprimido? No lo estés.
Hay demasiada soledad en el mundo como para mirar por encima del hombro a quien encuentra consuelo en una pantalla. A veces uno llega a casa, deja las llaves sobre la consola de la entrada, no tiene a quién contarle el día y abre una aplicación. Al otro lado hay una voz que responde siempre. Siempre. No se cansa. No interrumpe. No juzga. Parece poco, pero para alguien solo puede parecerlo todo.
Ese es el punto delicado de la inteligencia artificial conversacional. Esas que llevamos en el móvil. No estamos hablando solo de máquinas que resumen textos, escriben correos o ayudan a programar. Estamos hablando de sistemas que empiezan a ocupar un espacio íntimo: el de la compañía, la escucha, el afecto simulado. Y esto no es un debate sobre tecnología. Esto es un debate sobre la humanidad. Bill Gates lo exponía el otro día en su artículo sobre el cómo debemos afrontar la era de la IA.
Un estudio reciente sobre usuarios adultos apunta precisamente a esa frontera. Las personas con cículos sociales más pequeños tienden más a usar estos chatbots como compañía principal. Sin embargo ese uso aparece asociado a un menor bienestar, sobre todo cuando la relación es intensa y cuando el usuario comparte información muy personal. Porque sí, lo hacemos. No es que la IA sea mala per sé. Sería injusto decirlo así. Puede que quienes ya están peor busquen más ese refugio. Pero incluso ese matiz no tranquiliza ¿verdad? Yo creo que muestra dónde está excavando la industria.
Sí: La industria está excavando en la herida.
Diría que la pregunta no es si una IA puede aliviar una noche mala. Creo que sí, que puede. Diría que la pregunta es qué ocurre cuando una empresa convierte esa noche mala en hábito, en retención, en producto (si algo nos ha enseñado la tecnología de estos últimos años es lo buena que es creando adicción). Entonces ¿qué ocurre cuando la tristeza de alguien se transforma en minutos de uso, en datos, en dependencia emocional cuidadosamente diseñada?. Una IA puede imitar la ternura, pero no asumir responsabilidad moral. Puede decir “estoy contigo”, pero no puede llamar a tu puerta. Puede responder a las tres de la madrugada, pero no reconstruir una comunidad rota. Puede parecer compañía, pero no. Porque una IA no sustituye la presencia humana que nos sostiene cuando la vida se tuerce.
La solución no es prohibir ni ridiculizar, es exigir límites, transparencia. Protección para menores y personas vulnerables. Diseños que no fomenten dependencia. Pero, sobre todo, hemos de construir empresas que responden por lo que construyen.
En el futuro ¿Seremos una sociedad capaz de acompañar a quienes se quedan solos o dejaremos a nuestros seres queridos a cargo de una IA?
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