Auria Pintas, vecina de A Bouza: "Eu ía tontiña de todo e agora voume dando conta das cousas e vaime mal a cabeza"
UNA HONDA ZANJA EMOCIONAL
La tormenta se había anunciado. La zona oriental de la provincia de Ourense estaba en alerta naranja ante el riesgo de graves inundaciones como consecuencia del alto volumen de precipitaciones que se esperaban en un muy corto espacio de tiempo. Todo lo previsto sucedió, pero también ocurrió lo inesperado: una gran tromba de agua, lodo, piedras y troncos surgió como un sunami
La tromba llegó y le siguió una riada sin freno que bajó por la montaña empinada arramblando todo lo que encontró a su paso. La imagen fue como si de una escena de la película de "Lo imposible" se tratara, solo que la localización había cambiado la playa por la montaña del interior ourensano. Se recogieron hasta 80 litros por metro cuadrado en Viana en un momento y el agua torrencial se deslizó y cubrió las laderas. Con fuerza, turbia, abriéndose camino por encima de todo y sumando a su paso cada vez más restos de maleza, troncos, piedras y todo tipo de enseres.
La relativa normalidad de varias pequeñas aldeas, como la de A Bouza, cambió en cuestión de 10 minutos. Relativa porque los vecinos de estas localidades aún hoy convivían con el recuerdo y las consecuencias que dejaron como legado los recientes incendios. Esta vez, el agua escorrentó con la misma velocidad o más que la rapidez con la que se propagaron las llamas el verano pasado. Así lo relatan vecinos de este pueblecito en el que hoy, una de sus vecinas no puede más que lamentarse. "Non vin que se caera o garaxe, o formo e a bodega onde teño as patacas e agora vaime a cabeza mal", repite aturdida Auria.
No necesita volver a mirar por la ventana. En la mesa hay un ejemplar de La Región que en su portada recoge el drama vivido en la comarca de Viana en las últimas horas.
Todas las manos hacen falta para limpiar
Auria aún no se puede creer lo sucedido. La expresión de su cara refleja que no vio nunca nada parecido y tiene sus años. Desde el pasado miércoles hay mil frentes que solucionar.
Fuera, en lo que antes era una calle, todas las manos son necesarias. Los vecinos, entre los que se afana alguno de los pocos niños del lugar, remueven escombros para liberar los accesos a las casas, entre montañas de lodo y piedras se ven aún restos de lo que parecen cruces de flores del Corpus en los balcones, -se había celebrado días antes- y cavan una prorfunda zanja que atraviesa el pueblo desde el punto más alto hasta el fondo. Es un largo surco que representa el miedo a que las lluvias regresen. Se trata de al agua una vía de bajada más lógica que la del pasado miércoles.
Auria parece que no encuentra fuerzas para levantarse de una silla que quedó en pie en su cocina. Allí, en el punto de reunión de tantas casas en las aldeas, esta mujer se lamenta a medida que va tomando conciencia de las dimensiones del desastre en su pueblo y en su hogar. No necesita volver a mirar por la ventana. En la mesa hay un ejemplar de La Región que en su portada recoge el drama vivido en la comarca de Viana en las últimas horas.
Su testimonio es el de una mujer angustiada. Sus palabras son una muestra de la total confusión que tienen los vecinos de A Bouza ante la magnitud de los daños sufridos por las intensas lluvias. Los técnicos insisten en que los incendios de hace diez meses no son la única causa que ha multiplicado el efecto devastador del agua descargada por estas tormentas. Auria puede no ser tan experta en Medio Ambiente, pero conoce bien ese equilibrio que requiere su entorno y, probablemente, a los efectos del monte quemado se suma el abandono de las tierras, el cambio climático y unos fenómenos meteorológicos más extremos o lo complicado que resulta trasladar maquinaria y realizar labores de mantenimiento del entorno en estas zonas más aisladas.
Auria tendrá ahora que asimilar la situación que dejó la tromba a su paso y digerir una auténtica catástrofe personal. Ella y también A Bouza han quedado atravesadas por una honda zanja emocional.
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