¡Ay Orense,Orense!

¡Ay Orense,Orense!

No es la primera vez -ni la última, espero- que en mis solitarias divagaciones me tropiezo con mi padre y con Luis Trabazo, tan difuntos ya, tan inolvidables los dos. En esta ocasión me los crucé casualmente. Tan enfrascados iban en uno de sus chocantes diálogos, que ni siquiera repararon en mí. Hablaba en ese momento Trabazo:

-Porque, si no me equivoco, don Virgilio, usted no es de aquí.

-Pues verá usted, amigo Trabazo, qué quiere que le diga, no le falta a usted razón, aunque yo -la verdad sea dicha- soy de los que piensan que cada uno, más que de donde nace, es de donde pace, ¿no le parece?

-¡Caray, don Virgilio, a usted sí que no le faltan razones...

-No, no crea usted, es que, por poco que se pare uno a pensar... Mire una cosa, y sin andarnos por las ramas: si usted, amigo Trabazo, hubiese nacido en la China, y no me lo tome usted a mal, que no es más que un suponer...

-Claro que no, don Virgilio, ¡cómo lo voy a tomar a mal!

-Pues, a lo que íbamos, tendría usted los ojos rasgados y la piel amarilla y... hablaría el chino -para mí esto es lo más pasmoso

-Igual que ahora habla el castellano..., ¡qué cosas!, vamos, que es que no acabo de creérmelo... Y, lo que le decía, para usted la China sería lo mismo que ahora es esta tierra, porque usted sí es de aquí...?

Ya no alcancé a oír más, porque se iban alejando a buen aire y, cuando quise darme cuenta, se me perdieron

a lo lejos. No así sus palabras, a las que todavía sigo dándole vueltas.

Porque -no hay por qué callarlo- todo patriotismo es cuestionable. Y no sólo cuestionable. También es -y grave error sería ignorarlo- difícilmente justificable, ya que a la larga -a veces no tan larga- el llamado amor a la patria acaba convirtiéndose en un como lastre, del que bueno fuera desprenderse. Y volviendo al ejemplo de mi padre, al supuesto nacimiento de Trabazo en China, resulta que éste, Trabazo, o quien fuese, profesaría a la tierra china el mismo entrañable amor que cada cual profesa a la tierra donde ha nacido; tierra que, en buen entender, no tiene por qué ser más, ni menos, bella que otras tierras, ni sus gentes, ni su lengua, ni su bandera, ni su himno, etc., etc., más -ni menos- lo que sea, que los de las demás tierras. Pero el caso viene siendo -y desde tiempo inmemorial- que el llamado patriotismo se empeña en sostener -por las buenas y por las malas- todo lo contrario, o sea, que su tierra, sus gentes, etcétera, son -y en todos los órdenes- incomparablemente superiores a las demás tierras, gentes, etcétera, etcétera, del entero planeta azul. Y -es un hecho fácilmente comprobable- cuanto más reducido es el territorio patrio, más dinosáurico deviene el patriótico sentimiento.

En nombre del cual, por esas tierras –pequeñas o grandes, grandes y pequeñas–, por esas banderas, por esos himnos y demás artilugios, los hombres siguen dirimiendo sus diferencias a patadas en los mismísimos o a bombazos atómicos, que tanto monta, y.... ¡gloria a la patria que supo seguir sobre el azul del mar y el caminar del sol!. Y “¡así nos luce el pelo!”, remacharía Luis Trabazo.

Y, en fin, como en el cuento del protestante que le pregunta a un católico, poco practicante éste, por qué no cree en la religión protestante, y obtiene por respuesta: “De modo que no creo en la religión católica, ¡que es la verdadera!...”, pues, más o menos por el estilo, uno tiene ciertas dificultades para comulgar con ciertísimas ruedas de molino.

Y volviendo a la patria, a la que supo seguir sobre el azul del mar, con la que al cabo de cuarenta años de formación política, religiosa y toda la pesca, el que más y el que menos, tododiós terminó atosigado, cabría preguntarse, sin faltarle a nadie, cómo es posible que en nombre de, digamos, menor área territorial, se pretenda indilgar los mismos o muy parecidos rodicios al común de los comulgantes. Uno -tampoco está de más decirlo- no acaba de salir de su asombro.

Porque, durante esos cuarenta años del ala, se llegó a extremos verdaderamente grotescos, como la prohibición del empleo de todo nombre presuntamente extranjero, de modo y manera que, por ejemplo, un cine o sala de fiestas cuyo nombre era Saboy, se convirtió en el cine, o sala de fiestas, Ya voy. La verdad es que la cosa tenía hasta gracia (por un lado, claro, que por el otro, “mejor no meneallo”, diría mi padre). Pues, ¡lo que son las cosas!, de forma bastante parecida, Orense ya no es Orense -ni la propia Wasintón, como la Calahorra de la copla popular (1)- sino Ourense. “Ni más ni mangas” (siempre mi padre). Ourense. Y no sólo cuando se habla gallego (en lo cual todo el mundo estaría de acuerdo, aunque en los tiempos de mi niñez, en muchas partes de la provincia no se traducía el nombre de la capital y decían “vou pra Orense”). También cuando se habla o escribe en otra lengua -sobre todo la castellana- hay que decir y escribir Ourense. Y me permito recomendar muy encarecidamente que se ponga el mayor cuidado en no equivocarse, sobre todo si se trata de encaminarse a la ciudad. Hay que decir “voy a Ourense”, porque si uno se descuida y comete la torpeza de decir “voy a Orense”, corre el riesgo de extraviarse e ir a parar a Ningures, dado que, como me espetó un egregio ourensanista, “Orense no existe”. Así como suena: Orense no existe. Mi padre -seguro- aprovecharía la oportunidad para deslizar una de sus clásicas sentencias: “¡Lo que nos faltaba! Pues apaga y vámonos”, que el ínclito Luis Trabazo apostillaría: “Una badocada, don Virgilio; se lo digo yo, ¡una auténtica badocada!”.

Y como paradigma de esta proclamada inexistencia de la ciudad donde nací, traigo a colación el peregrino caso de un libro editado por el Concello de Ourense; un libro cuyo título está tomado de un poema escrito en castellano por un poeta orensano (2). La historia fue -más o menos- como sigue: tras las numerosas complicaciones que inevitablemente conlleva toda edición, ya a última hora, al corregir las últimas pruebas de la ya inminente publicación, alguien reparó en el título, “¡Ay, Orense, Orense!”, en que en él -en el título- el nombre de la ciudad figuraba en castellano. Y no podía ser. Tenía que figurar en gallego. Si no, no se podía editar el libro. Esa fue la conclusión a la que se llegó: “No se puede editar así”. Y de nada sirvió la consideración de que se trata de la cita de un poema escrito en castellano y de que en buena ley los poemas no se traducen o, caso de hacerse, se acostumbra que figure el texto también en la lengua original, o sea, el bilingüismo. Y de nada, que -bien mirado- tratándose de un título, no tiene sentido -ni ético ni estético- la utilización del bilingüismo. Pero no, no cedieron. Y tradujeron el título. Y ahí está el libro (3), escrito todo él en castellano, y con la cita -en primera página, como es debido- del cuarteto al que pertenece el verso que da título al libro:

¡Ay, Orense, Orense, / Colón veintitrés!, / casa que fue mía / y ya no lo es.

Ahí está el libro -repito-, todo él -vuelvo a repetir- escrito en castellano, pero con el título en gallego: ¡Ai, Ourense, Ourense! ( Ya a estas alturas, mi padre y Luis Trabazo corearían a cómplice unísono la brillante faena: “Pues, a lo que íbamos, ¡¡una auténtica badocada!”.)


(1) La copla dice: “Calahorra ya no es Calahorra, que es la propia Wasintón. Tiene obispo y toa la hostia, casa de putas y frontón”.

(2) Ángel Lázaro, Confesión, 1927.

(3) José Eduardo Valenzuela Ulloa, ¡Ai, Ourense, Ourense!, Concello de Ourense, Concellería de Cultura, 2006.