Cuando el aire se detuvo en el hospital

CARTA AL DIRECTOR

Publicado: 11 nov 2025 - 04:10
Cartas al director en La Región.
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Las luces blancas de la habitación caían sobre todo sin misericordia, los monitores emitían sonidos suaves, constantes, como si marcaran los segundos con una precisión cruel. Él yacía en la cama, el cuerpo quieto, vendado, atravesado por tubos y cables. La respiración era un esfuerzo, una cuerda tirante sostenida por hilos que ya no podían tensarse mucho más.

Ella llegó corriendo. No le habían dicho demasiado, solo lo suficiente. Accidente grave; poco tiempo. Se acercó a la cama. Sus manos temblaban, pero cuando cogió la de él, el temblor se detuvo. Como si ambos todavía recordaran dónde estaba el hogar.

Él abrió los ojos despacio. No era el cansancio del tiempo lo que lo marcaba ahora, sino el cansancio de la batalla contra el dolor. Aun así, allí estaba esa calidez suave, la que nunca se había ido.

-Estás aquí, susurró él, con voz ronca, casi sin aire.

Ella sintió que algo se quebraba, pero no dejó que se oyera.

-Claro que estoy aquí, respondió, siempre estuve.

Por un momento no hubo palabras, solo el sonido constante del monitor y la respiración frágil que se aferraba a él.

-Recuerdas… cuando bailamos por primera vez?, preguntó él, y en sus labios apareció el esbozo de una sonrisa.

Ella cerró los ojos, la memoria se abrió incluso en ese lugar sin ventanas. Aquel tema antiguo, él nervioso; sus pasos torpes que trataban de ocultarse, la luz en el aire.

-Ese día supe que era contigo, murmuró ella. Él parpadeó lento, como quien mira algo muy deseado.

-Yo siempre te encontré, dijo, incluso antes de saber que te buscaba.

Ella apretó su mano, como quien intenta sostener el mundo entero con un solo gesto.

-No te vayas todavía, murmuró, quédate… quédate un poco más.

Él la miró con una claridad que dolía. No había miedo en sus ojos solo la aceptación suave de quien ya está al borde de otra orilla.

-Me quedaría, respondió, si mi cuerpo pudiera. Pero ya no me obedece… solo el amor… y ese no se va.

Ella apoyó su frente en la de él; los monitores siguieron marcando el tiempo, pero entre sus respiraciones se creó un espacio donde nada más existía que ese instante.

-Prométeme algo, dijo él, apenas audible.

Ella contuvo el aire.

-Lo que sea.

-Cuando me vaya… no vivas en mi ausencia. No me entierres en tu tristeza. Llámame cuando rías, cuando la vida te toque, cuando recuerdes; ahí estaré. No quiero ser sombra, quiero quedarme siendo luz en lo que aún te queda por vivir.

Ella cerró los ojos; no había resistencia, solo amor. Amor que sabía que no se rompe con la muerte.

-Te amaré igual, respondió, con esta misma locura tranquila que aprendimos juntos.

Él sonrió. La sonrisa más suave… la última.

El monitor marcó su respiración unos segundos más. Luego, se detuvo en un largo silencio.

Ella no rompió en llanto de inmediato. Se inclinó y llevó su mano a los labios… aún estaba tibia.

-Descansa amor, susurró, yo llegaré después.

La habitación siguió llena de ruido de hospital, pero en el espacio entre esos sonidos quedó algo vivo…

No era vacío. Era el amor que no se va…

José Manuel Varela Mosquera

(Ourense)

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