La Región
Deslealtades
El intento de atentado contra el presidente Donald Trump durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca es algo más que un incidente aislado: confirma que la violencia se está normalizando como instrumento político en Estados Unidos. El agresor, que se definía en sus escritos como un “amable asesino federal”, se abrió paso a punta de pistola y disparó contra un agente del Servicio Secreto. No se trata de un rayo en cielo sereno. Los intentos de asesinato y ataques contra políticos en EEUU han alcanzado su nivel más alto desde los años sesenta, y Trump ha sufrido ya tres intentos en solo dos años. El fenómeno se extiende a todos los niveles: han aumentado un 58% las investigaciones por amenazas a congresistas y sus familias, e incluso magistrados del Tribunal Supremo han sido objeto de planes de asesinato.
El ámbito local tampoco se libra. En Minnesota, la líder demócrata de la Cámara, Melissa Hortman, y su marido fueron asesinados en su casa por un individuo que también atacó a un senador estatal y llevaba una lista con más de 45 cargos públicos “marcados”. Estudios recientes muestran que casi tres cuartas partes de los cargos locales se sienten hoy menos dispuestos a participar en política o abordar temas controvertidos por miedo a la hostilidad.
En un país donde portar armas es casi tan habitual como llevar un teléfono móvil, las matanzas recurrentes en colegios y espacios públicos revelan una sociedad que no pasa por sus mejores momentos. Cuando la violencia deja de ser excepcional y se vuelve rutina, lo que se degrada no es solo la seguridad de los representantes, sino la calidad misma de la democracia. Conviene que en Europa tomemos nota antes de que sea demasiado tarde.
Pedro Marín Usón
(Ourense)
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