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Corta de árbores no Barbaña
Mientras debatimos el consumo energético de hogares, coches y fábricas, pasamos por alto un devorador silencioso: la inteligencia artificial. Una sola consulta a ChatGPT consume unos 0,3 Wh de electricidad -equivalente a 9 segundos de televisión o 10 veces más que una búsqueda en Google-. Una conversación típica de 20-50 preguntas llega a 0,01 kWh y requiere 500 ml de agua para refrigerar los servidores. Multiplicado por miles de millones de interacciones diarias, este gasto invisible acelera las emisiones globales de CO2 y tensiona las redes eléctricas.
Los centros de datos dedicados a IA devoran ya 350 TWh anuales -como el consumo de un país mediano-, y su demanda se duplicará para 2030, pasando de 448 TWh a 980 TWh. Empresas como Google han mejorado su eficiencia (33 veces menos energía por mensaje en un año), pero persisten opacidad y externalidades ambientales. Modelos más potentes emiten hasta 50 veces más CO2 que los simples.
Como usuarios cotidianos, cada clic suma a esta huella. Somos cómplices involuntarios de un progreso que podría comprometer nuestro futuro climático. Exijamos a las tecnológicas transparencias total en su huella ambiental, regulaciones europeas estrictas y algoritmos más eficientes. La IA debe innovar en sostenibilidad, no solo en potencia. Hagamos que el “progreso inteligente” sea también verde.
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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