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La reciente alerta de la autoridad federal de aviación de Estados Unidos a las aerolíneas, por el riesgo creciente de restos de cohetes en las rutas comerciales, debería sacarnos de la indiferencia orbital. Ya no hablamos de ciencia ficción, sino de fragmentos reales de lanzamientos fallidos, como el del Starship de SpaceX sobre el Caribe, que cayeron a poca distancia de tres aeronaves en vuelo.
La FAA recomienda planes de vuelo alternativos, más combustible, aeropuertos de desvío y extremar la precaución en las llamadas “Debris Response Areas”, porque los restos pueden viajar más allá de las zonas previstas. Es decir, la aviación civil empieza a adaptarse a un riesgo que no ha creado y sobre el que apenas tiene capacidad de control.
Mientras tanto, la llamada “basura espacial” sigue siendo, en la práctica, un territorio sin dueño: miles de lanzamientos y reentradas al año, con previsión de hasta medio millar en 2034, sin un régimen global eficaz que obligue a prevenir, limpiar o indemnizar daños. Se privatizan los beneficios de la nueva carrera espacial, pero se socializan sus riesgos, también para quienes viajan en avión.
El cielo, que debería ser un espacio de cooperación y responsabilidad compartida, se está llenando de chatarra de la que nadie se hace cargo. Quizá ha llegado el momento de preguntarse si queremos que la seguridad aérea dependa de la buena voluntad de los coheteros… o de reglas claras y control público efectivo.
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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