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Pudiéramos esperar que con la globalización podrían acceder a la riqueza los pobres, los marginadas. Desaparecería la miseria del mundo. Se conseguiría una mayor igualdad entre las personas. Sin embargo, la globalización ha tenido efectos perniciosos y ha servido para hacer a los pobres más pobres y a los ricos más ricos. Ha abierto el mundo del consumo a sectores que antes lo desconocían. Pero no les ha proporcionado los salarios necesarios para acceder a la satisfacción de las necesidades más elementales.
Vivimos en un tiempo en el que manos desaprensivas y sufrimientos humanos injustos, no generan la indignación moral que cabría esperar para superar la opresión de dicha situación. En estas circunstancias es necesario abrir dos caminos: sensibilizar a la sociedad para que se pueda dimensionar los valores emergentes de la globalización y agilizar el pensamiento crítico para ofrecer alternativas sostenibles.
Con la globalización, el valor de la identidad de los ciudadanos se difumina, queda reducido a un número. Así lo tienen más fácil para prescindir de la capacidad de las personas. La repetición de las atrocidades no sólo es posible, sino probable, a medida que disminuyen los "chances" de ganar la batalla para evitarlas y aumentan las de perderlas. Los posibles beneficios de la globalización quedan empobrecidos si los pobres no hacen valer sus fuerzas y desarrollan lo positivo de ella. El potencial de la barbarie de la civilización actual necesita controles efectivos.
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