La cultura del olvido

Publicado: 01 mar 2025 - 01:00
Carta al director
Carta al director | La Región

Cuando queremos repetir el pasado, tratamos de activar la cultura del olvido. El pasado se transforma en leyenda, en acontecimientos aislados descontextualizados a los cuales se ha desprovisto de su impacto en la realidad actual. Así es como se los enseña en las clases de historia. Se les aisla en el tiempo para esterilizar su trascendencia. Estos hitos representan momentos en los cuales la ruta se ha torcido para marcar un camino nuevo, aunque no siempre mejor. En la medida como las sociedades avanzan presionadas por los desafíos de la supervivencia, sus aumentos de dolor y de perdida van quedando rezagados en una bruma propicia para el olvido, lo cual representa el enorme riesgo de repetir el ciclo una y otra vez, abandonando a lo largo de esa huella, los sueños y las ambiciones de crear sociedades, más justas y humanas. Es la cultura del olvido una enfermedad colectiva, que como virus maldito nos ha condicionado a dejar atrás las lecciones más valiosas.

Una de las consecuencias de este fenómeno es el rebrote de movimientos marcados por el racismo y la violencia en países que experimentan lo peor del nazismo durante las mayores y más crueles cacerías humanas de la historia. Es un ejercicio de poder y perversión cuyo germen pareciera estar presente.

Los mecanismos de eliminación de la memoria se activan en cuanto la realidad comienza a estorbar nuestro mundo y a molestar nuestra conciencia. Es la manera de sacudir de algo sobre el cual no tenemos modo de incidir. Es el mecanismo del cangrejo que busca cómo esconder y seguir su vida. No tenemos un refugio para protegernos de la destrucción de esos marcos de convivencia en los cuales hemos basado nuestra confianza. Entre ellos la idea purificada de la democracia liberal.

Con la cultura del olvido terminamos por abandonar nuestro papel activo de una sociedad abierta. Han cambiado las reglas de juego y seguimos jugando sin conocer los trucos del adversario. Buscamos el refugio en la deformación de la historia, y en el olvido.

En la ruta del olvido, la conformidad o la resignación, con lo que ha sucedido, hemos terminado por abandonar nuestro papel activo como miembros de sociedades organizadas. Nos han cambiado las reglas del juego y seguimos jugando sin conocer los trucos del adversario, porque tampoco sabemos o no queremos saber quién o quiénes son, buscamos el refugio precario en el olvido, nos creemos inmunes al ojo entrenado de los depredadores que nos rodean.

El olvido queda convertido en el eje que engarza las dimensiones ontológicas, epistemológicas, éticas y las diversas dimensiones practicas. Con tales premisas, los criterios con los que organizar el proyecto de vida están abocados a repetir los errores cometidos. Para cierta izquierda moralizante la tentación más destacada sería la de terminar consagrándose a ser mero testigo del sufrimiento. Eso no es bastante. La idea de memoria histórica contiene un amplio universo de referencia. Los testimonios de las personas que prestan su memoria para complementar la historia de su superación y reflejan su capacidad y resistencia, de superación de momentos traumáticos y de desarrollo de una identidad que les permite conservarse y hacerse coherente.

La resilencia posee dos dimensiones diferentes: alude a la capacidad de adaptación y representa la facultad de resistencia. La recuperación de la memoria histórica constituye en sí misma un acto de resilencia que comprende su definición en un sentido amplio. Implica elasticidad y dureza.

La resiliencia posee dos dimensiones diferentes: por un lado, alude a la capacidad de adaptación y por otro, representa la facultad de resistencia, en este caso conectada a la dureza. La recuperación de la memoria histórica constituye en sí misma un acto de resiliencia que comprende su definición en un sentido amplio, es decir que implica ambas dimensiones, elasticidad y dureza. La cultura del olvido debe ser sustituida por la cultura de la recuperación. La democracia ha alcanzado un grado de madurez que permite abordar el conocimiento de una historia negada, silenciada.

Moncho Ramos Requejo (Maceda)

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