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Todo pasa, y la pandemia, con sus devastadores efectos, también pasará. Por mucho que los agoreros y los catastrofistas se empeñen en vaticinar un futuro desolador, no hay nadie facultado para privarnos de un derecho fundamental, que es el derecho al optimismo, a ser positivos, a mirar hacia adelante, a plantarle cara a la vida con la mejor se nuestras sonrisas y con la mayor predisposición posible para hacerla más llevadera.
Ser optimista no significa estar ciego y no ver la realidad, es básicamente una actitud intelectual y emocional indispensable para sobrevivir en el caos, para no bajar definitivamente la guardia ante las adversidades y para afrontar el futuro con mejor ánimo.
Ser optimista es, en cierto modo, un mecanismo de defensa que puede resultar muy útil en determinadas circunstancias, y son precisamente, las circunstancias actuales las que precisan de un estímulo vital tan importante como es el del optimismo del que no deberíamos desprendernos nunca ni permitir que nos lo arrebaten.
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