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Es muy recurrente el caso que se da entre muchos padres de evitar que sus hijos se apunten al equipo de fútbol de su barrio para protegerlos de gritos, insultos, peleas en la grada y menosprecios. Prefieren que jueguen a tenis, baloncesto, golf o atletismo donde se respira un ambiente más amigable, y donde el espíritu deportivo se trabaja desde el respeto, el trabajo y el esfuerzo.
No son conscientes del daño que le están haciendo al fútbol, donde están más pendientes de la tecnología que se aplique a la cancha de juego que a la educación que se trata en la grada. Exigen a los jugadores a base de verborrea grotesca sin pararse a pensar si el niño que está sentado a su lado está preparado mentalmente para vivir esa tensión. Les da igual a quien tienen a su lado a la hora de focalizar toda su ira sobre un jugador de apenas 20 años.
Señores, el fútbol es un deporte y como tal hay que disfrutarlo. Los valores deportivos deben ser innegociables, y todos estos desgarros emocionales deben ser penados, porque nadie tiene porque escuchar a maleducados gritando y muchísimo menos los niños. Por favor, preservemos la pureza del deporte como en otros tanto predican sanamente.
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