La Región
El otro 8-M
Un día te mira como siempre, pero tarda un segundo más en encontrarte. No en verte, sino en saber cómo llamarte. Y ese segundo lo cambia todo. La habitación sigue igual, los objetos permanecen en su sitio e incluso la voz parece la misma. Pero algo se desplaza.
Lo más duro no es solo que una persona querida empiece a olvidar quiénes somos. Es descubrir que una parte de nosotros también vivía en ella. En su forma de llamarnos, de reconocernos incluso en aquello que habíamos dejado atrás, de conservar detalles nuestros que parecían pequeños hasta que empiezan a perderse. No se borra únicamente su mundo. También tiembla el nuestro. Lo cotidiano se vuelve frágil cuando deja de estar garantizado algo que parecía seguro: ser reconocidos por quienes nos han querido siempre.
Cuidar se convierte entonces en acompañar una despedida lenta. Duele tanto el primer nombre olvidado porque anuncia que, desde ese día, habrá que recordar por dos. Querer también será quedarse al lado de alguien que quizá olvide nuestro nombre, mientras nosotros intentamos no olvidar nunca el suyo.
Anaí Zugazagoitia (Vigo)
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