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CARTAS AL DIRECTOR
La sinrazón manda
¿Nuestro lugar de nacimiento es una suerte, una maldición o es simplemente el destino que nos merecemos? ¿Cómo puede existir esa diferencia tan abismal, en este contexto tan insondable?
Es difícil entender que el azar u otra fuerza superior anteponga estos sesgos, tan radicalmente opuestos, para predestinar sobre un mapa, la venida al mundo de sus nuevos habitantes. Los hados pueden ser diversos: zonas económicamente paupérrimas, en donde las personas que las habitan pueden morir de hambruna, insalubridad, precariedad sanitaria, abandono... Entre éstas, se posicionan las que miran desde la opulencia, estabilidad y zona de confort, al resto. Las primeras potencias abusarán de su posición privilegiada, y explotarán los recursos naturales de esa zona geográfica, hasta esquilmarlos; por medio de la connivencia y de contratos abusivos.
Pensar que todo está ya predestinado, viene a ser como una partida de ajedrez, en donde cada pieza tiene una posición en el tablero, y una capacidad implacable de poder y movimiento; que el destino dirige con la variedad de las reglas del juego.
La estrategia que nos coloca en una parte del planeta nos condicionará a unas normas más o menos justas, para transitar por nuestras circunstancias. Lo que sí queda claro es que la partida finalizará y todos seremos eliminados del “tablero”, personas y piezas. El destino sonreirá por su triunfo.
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